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De Fene a Miño

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Desde Fene, el Camino Inglés se adentra en el bosque hasta llegar a Pontedeume y Miño.

Del azul del mar al verde. Nos internamos en el Monte de Santa Ana hasta encontrar la Iglesia de San Martiño de Porto. A 21 Kms de Ferrol la playa de la Madalena nos devuelve al mar. Cruzando el puente que levantó el Señorio de los Andrade entramos en Pontedeume cuyas calles y plazas nos dan una lección de historia.Tras un alto en Ponte Baxoi nos detenemos en Miño.

 
Linda y sin desperezarse aún del todo, como recién levantada. Con las primeras luces del día y las últimas del alumbrado nocturno, la despedida de Ferrol es más dulce.
Una última imagen de recuerdo, porque al peregrino que ha llegado por mar le aguarda un cambio importante. Verá como todo es diferente ante sus ojos. Donde antes todo era azul y salado, ahora el aire fresco se pinta de verde. En Fene el camino inglés se interna en un bosque para andar y andar. El Monte de Santa Ana ofrece unos buenos trechos para encontrarse con la soledad. Dicen todos los que caminan a Santiago que conocer gente distinta es una de las experiencias más interesantes, pero que tanto o más lo es el estar a solas con uno mismo disfrutando del paisaje y de la naturaleza. Además, si uno va reflexionando, entenderá mejor las historias que brotan por azar. Nunca se sabe lo que nos deparará la casualidad. Y al pie del camino nos fuimos a encontrar con Brígida, toda dispuesta a enseñarnos uno de los molinos que quedan en esta zona de Batán. Y para nuestra sorpresa, nos lo encontramos funcionando y lleno de vida. Tanto para uso doméstico como para alimentar al ganado, los vecinos acuden todavía a moler el grano, tarea que realiza Antonio como ya hiciera su padre.
Es hora de irse y de despedirse de la hospitalidad de los molineros.
Brígida nos ha indicado el camino hacia la iglesia de San Martiño do Porto, porque hay que desviarse un poco.
Y de suntuosidades barrocas, a la sencillez de un bosque de pinos junto al mar. 21 kilómetros después de salir de Ferrol, la playa de A Madalena devuelve al peregrino navegante a los brazos del océano. En el equipaje, el barro de los caminos y la harina de los molinos, los pies pisando la arena, y en todo el cuerpo una emoción muda para la que no alcanzan las palabras.
Cruzando el puente que levantó el señorío de los Andrade en el siglo XIV estaremos en la villa de Pontedeume. Sus calles y plazas empedradas nos animarán a hacer un recorrido casi turístico por ellas, para estudiar bien cómo es el rostro de la piedra y recibir unas cuantas lecciones de historia. Pero la meta es llegar a la Iglesia de Santiago, cuya primera edificación se debe a Fernando de Andrade en el siglo XVI, de hecho su escudo de armas luce en la fachada principal con las dieciocho banderas ganadas en Italia.
Quien se encuentre con fuerzas, tiene unos cuantos kilómetros por delante, en pendiente, pero premiados por unas vistas impresionantes de la villa y el Eume. La ruta que acabamos de describir llega hasta la pequeña iglesia románica de San Miguel, en la cima del monte Breamo. Es lo que queda del monasterio fundado en el siglo XII, pero en un estado de conservación inmejorable, sin modificaciones ni reformas posteriores. Y además es Monumento Nacional.
En Ponte Baxoi hacemos un alto. Recapitulemos. Hemos retomado el camino con energía. El paisaje estimulante ha contribuido a no que perdiésemos impulso. Y no hemos aprendido poco de etnografía e historia. Muchos acontecimientos para una larga jornada. Así que vamos a detenernos en Miño.


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