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EL PORTUGAL AMIGO

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Las villas de la ribera del Miño mantienen intensas relaciones de intercambio con Galicia.

A lo largo de las riberas del Miño, en sus último trayecto, se asientan villas portuguesas que establecieron fecundos intercambios culturales y económicos con Galicia. Del paisaje miñoto Portugués hay muchas cosas que conocer: Monçao, Caminha, Lanhelas, Vilanova da Cerveira y Valença que comparten historia, tradiciones y arquitectura con Galicia.

 
Compartir 75 kilómetros de río nos ha hecho muy parecidos. Historia, tradiciones, arquitectura y hasta el tejido social de Galicia y el Norte de Portugal se parecen. El río Miño entona fados y alboradas por igual, los mismos cantares que llevan en sus oídos los peregrinos que transitan los caminos a Compostela desde Portugal.
Monçao es un buen ejemplo. Esta villa es conocida por sus jardines y sus ferias, porque a los gallegos siempre nos ha gustado visitar a nuestros vecinos para pasear o ir de compras. Subida a una colina y protegida por una fortaleza para combatir el asedio de reyes castellanos, Monçao descubre sus encantos al visitante. Sus callejuelas se abren en plazas confortables y su patrimonio histórico luce primoroso. Barroca de transición, del XVII, la iglesia de la Misericordia sabe lo que es la armonía entre las formas graníticas y las paredes encaladas.
Las olas bravas de los surfistas en la playa de Moledo intuyen una Caminha turística, paraíso de verano en el estuario del Miño. Pero cuentan también una historia común, en la que los protagonistas eran los pescadores y los contrabandistas a ambos lados del río. La villa que sirvió de refugio a Pedro Madruga en su huida de las Guerras Irmandiñas tiene bien a la vista sus señas de identidad. Pero los vaivenes históricos han dado paso a una serenidad pasmosa que hace de Caminha una población tranquila, sólo alterada cuando aprieta el calor y se llena de turistas. De arquitectura noble y señorial, conserva sus tesoros, como la iglesia matriz, del siglo XV, con influencias del plateresco español en su estilo manuelino.
De visita obligada, además de estar en el Camino, es la pequeña población de Lanhelas. La querencia de los portugueses por el Apóstol Santiago es proverbial. Tanto como su hospitalidad para con los peregrinos y el excelente estado de conservación en que se mantiene el patrimonio histórico del camino. Que estamos en Portugal nos lo recuerdan los alicatados y los azulejos, pero aquí los gallegos estamos en nuestra casa.
Vilanova da Cerveira es el destino universitario de muchos jóvenes gallegos. Esta “raia minhota” une más que separa a gallegos del sur y portugueses del norte. A tiro de piedra, su feria es una de las más visitadas, de esas que antes de la llegada del euro tanto colgaban sus precios en escudos como en pesetas.
Pero para ferias, las de Valença do Minho. Porque para comprar y pasear, es la más cercana a Tui, la entrada del Camino Portugués en Galicia. En Valença se unen todas las rutas xacobeas que discurren por la costa lusitana. Y mientras que nos hacemos con toallas, ropa y toda clase de lencería para el hogar, paseamos por un centro histórico recoleto y asombroso. Con edificios medievales recubiertos de vistosos azulejos e iglesias como la Matriz o la de Santa María dos Anjos. Casas solariegas comparten protagonismo con patrimonio religioso y herencia romana. Y todo esto contenido dentro de una muralla defensiva que hace que a Valença le llamemos “la fortaleza”. Hoy paseo y excelente balcón sobre el Miño, “río da fraternidade”, con vistas a la otra orilla, la gallega.


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