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BARRO, LA TRANSICIÓN NATURAL

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Entre la ría y el interior, Barro produce exquisitos vinos.

El Municipio está llamado a convertirse en zona residencial tanto por su posición geográfica como por sus condiciones naturales y excepcional clima. La economía es dependiente del desarrollo industrial de Pontevedra y Villagarcia . La agricultura es para autoconsumo excepto el cultivo del vino albariño de excelente calidad.

 
Naturaleza, historia, leyenda y arquitectura. Todo lo podemos encontrar en Barro. Ya al pie de la Ruta Xacobea le hemos mostrado alguna de sus joyas.
Pero tendremos que recorrer cada una de sus parroquias para conocer de primera mano el entorno y la vida de este municipio.
Este es un territorio de transición y de cambio. Aquí el campo y los espacios abiertos cogen el relevo al espacio más urbano de Pontevedra, eso sí, sin perder sus comodidades.
Casi 4.000 personas viven y descansan aquí, pero su lugar de trabajo está en la ciudad pontevedresa o en Villagarcía.
Porque Barro es más bien residencial. Algún día vivió de la agricultura, se ve en sus tierras verdes y parceladas y también en la arquitectura popular que se conserva.
Como este hórreo del año 1844 en el que todavía se guarda cuidadosamente el grano de maíz. Hoy la actividad del campo y de la ganadería es para autoconsumo.
Pero excepcionalmente existe alguna explotación vitícola y algún invernadero que otro para comercializar a pequeña escala.
Lo demás es campo. Territorio verde, puro y tranquilo.
Un cúmulo de circunstancias que respaldan la buena calidad de vida de la que disfrutan sus habitantes. Una calidad de vida respaldada también por un magnífico clima que además logra que estas tierras sean generosas en el cultivo de un buen albariño como el que se produce en esta bodega que este último año ha embotellado 22.000 litros de una calidad excelente.
Barro tiene 6 parroquias, que a parte de cómodas y tranquilas, llaman también al turismo. Sus tramos más atractivos están encajonados, adornados con piedras que tienen historia propia.
A Pedra Camelo, la Paloma o la de la Cadena forman parte de esas leyendas que recuerdan los octogenarios del municipio. Del paso de los árabes por estas tierras, de cómo se subía a los presos al Castro de San Cibrán a cumplir condena, o la historia de este mismo Santo que renegó de Lucifer para hacerse discípulo de Cristo.
Año tras año, a orillas del río Barosa las historias fueron sobreviviendo gracias a la tradición oral de los vecinos.
Hoy este enclave se ha convertido en un complejo etnográfico-medioambiental. Nos encontramos de frente con la máxima expresión natural en forma de remansos y cascadas de unos treinta metros de desnivel. Este hecho fue muy bien aprovechado por nuestros antepasados, ya que en sus márgenes construyeron 17 molinos, que trabajando en cadena, permitieron una etapa histórica de desarrollo sostenido con una industria totalmente artesanal.


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