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El Casco Histórico de A Coruña

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A Coruña conserva un gran patrimonio histórico-monumental, en el que destaca la arquitectura religiosa.

La travesía marítima desde el norte era corta pero especialmente dura. Los peregrinos se tomaban un tiempo para descansar y conocer la ciudad. Hoy en día los peregrinos no deben perderse el apasionante casco Histórico de A Coruña. Desde el Castillo de San Antón nos acercamos a esta ciudad, vetusta y moderna y cosmopolita a la vez.

 
Orientados por un faro romano antiquísimo, rodeado de olas bravas y espumosas, arribaron a A Coruña peregrinos navegantes de todas las épocas. Gentes que han dejado huella en la historia de esta ciudad que huele a mar por todas sus esquinas.
Pero no todas las llegadas eran bienvenidas. El Castillo de San Antón vigila la entrada de la ría desde el siglo XVI, cuando la navegación estaba llena de peligros inventados por el hombre. El antiguo lazareto que ocupaba la isla adquirió carácter defensivo y hoy es un museo en medio del mar que guarda celosamente algunas joyas arqueológicas de la provincia. Se construyó con piedras de la muralla de la ciudad, cuyos restos rodean el cercano Jardín de San Carlos, donde tiene su sede el Archivo del Reino de Galicia. Este vergel romántico es la tumba de un héroe, Sir John Moore, el general inglés que perdió la vida en la batalla de Elviña, cuando los coruñeses se defendían de la invasión francesa.
La azarosa historia de una ciudad con una posición estratégica tan envidiable queda a la vista para el peregrino a poco que pasee por sus calles. Del recuerdo de los gremios medievales a las plazas sombreadas que cobijan reuniones o paseos solitarios.
Pero quien llegaba por mar tenía como primer destino la Iglesia de Santiago, fundada por Alfonso IX a principios del siglo XIII. La bendición del Apóstol caía sobre espíritus aterrados y exhaustos después de la larga travesía marítima. Una vez vencidos todos los demonios, las extrañas criaturas que decoran la iglesia poco imponían ya.
En realidad, toda la ciudad ofrecía consuelo a los foráneos. En todas sus iglesias se oficiaban cultos para aplacar la sed espiritual de los recién llegados.
Una de las más concurridas era Santa María del Campo, la Colegiata, llamada así porque se encontraba en un campo extramuros. Fue levantada por el influyente gremio de mareantes entre los siglos XIII y XV, y todavía a ella acuden los marineros al inicio o regreso de una travesía. La barroca de Santo Domingo, del siglo XVIII, es una rareza porque parece torcida: la torre es oblicua con respecto al eje de la iglesia.
La ciudad de doña Emilia Pardo Bazán experimentó una expansión sin precedentes en el siglo XIX. La burguesía se entusiasmó con las galerías en las fachadas que llenaban sus casas de luz y calor. Y la Plaza de María Pita, entre el arrabal de la Pescadería y la ciudad vieja ennobleció a una urbe que crecía y que cada vez gestionaba asuntos más importantes. Pero que no por ello olvidaba su historia. Por eso honró en ella a su heroína, a su salvadora, la mujer que comandó la defensa contra el ataque de los corsarios ingleses mandados por Drake. Desde entonces María Pita asiste muy atenta a todo lo que acontece en A Coruña.


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