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FANTASMAS QUE SURGEN DE LA SEQUIA

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Este verano seco ha visto resurgir el viejo fantasma de un pueblo que las aguas hundieron hace ya cuarenta años.

La historia del antiguo Portomarín , un pueblo que en 1963 fue hundido bajo las aguas como consecuencia de la construcción del embalse de Belesar en medio de una fuerte oposición, ha resurgido este año. A causa de la sequía, por vez primera en cuarenta años, sus habitantes han podido bajar a pasear por el malecón del antiguo pueblo.

 
Siguen pasando peregrinos. Es un goteo incesante de mochilas al hombro, de grupos organizados y de caminantes solitarios.
Todos, a su paso por Portomarín, son testigos de la hermosura del Camino Francés, el Camino de la Concordia tras los premios Príncipe de Asturias.
El factor sorpresa es la gran baza de este tramo, y más este año en el que el embalse ha dejado al descubierto postales del antiguo Portomarín que causan verdadera sensación.
Así era el antiguo Portomarín, un pueblo con el propio encanto de lo sencillo.
Aquí, en el mismo paisaje que nos hipnotiza, está escrita su historia. Portomarín, al igual que Castrelo do Miño, fue uno de esos pueblos que en la década de los 60 del pasado siglo quedaron anegados por las aguas embalsadas.
Nadie creyó que el embalse de Belesar llegaría de inmediato. En 1963, a pesar de la verdadera oposición de todo el pueblo, el agua comenzó a subir al ritmo de dos metros por día, y Portomarín quedó sumergido bajo la gran panza del Miño.
Dicen los que lo vivieron que la revolución no fue de balde. Se consiguió que los principales monumentos del viejo poblado fuesen trasladados piedra a piedra antes del gran hundimiento. Sino miren, las piedras gastadas del templo de San Nicolás hacen todavía referencia a tan delicado trabajo.
La iglesia de San Pedro o la casa del Conde da Maza del s.XVII son otras de las obras que consuelan a los más nostálgicos, aunque se siguen añorando otros recuerdos.
Pero el Miño no se olvida de sus fieles compañeros y de vez en cuando les da un respiro, como este año en el que las aguas han permitido que el nuevo Portomarín baje a pasear por el Malecón del antiguo Pueblo y cada uno acaricie las piedras que quedan de sus viejas casas. Incluso ha celebrado las fiestas en el mismo lugar que hace 50 años.
Es entonces cuando surgen los fantasmas del pasado que los más jóvenes sólo conocen de oídas. Pero saben que esos fantasmas guardan sus raíces, y por eso quieren conocer al detalle cada una de las historias que el Miño esconde, y que cada habitante recuerda todavía con dolor.
Es cierto que una parte de ellos se pierde cada año cuando el Río sube.
Pero la vida sigue, y el nuevo Portomarín también tiene su encanto. Un sabor totalmente medieval a pesar de tener poco más de 40 años.


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