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EL COTO DO ABADE

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En este territorio de Cotobade el Lérez y el Almofrey se disputan los más bellos espacios.

Cotobade, tierra de monjes y cuna del obispo Pedro Tenorio de Godoy. Conserva un un gran número de petroglifos hecho que confirma que fue habitado desde muy antiguo. Pero sin duda uno de los principales atractivos de Cotobade es el paisaje surcado por el río Lerez y sus afluentes, salpicado con una frondosa vegetación entre la que se conserva una población de robles milenarios, San Xusto.

 
Los caminos montuosos del Suido nos han traído en esta ocasión hasta Cotobade, hasta ésta que llaman tierra de monjes.
La denominación de Cotobade parece que se deriva de ?Coto do Abade?, porque también fue cuna del Obispo Pedro Tenorio de Godoy, el abade de los benedictinos de Tenorio, hoy uno de los más hermosos lugares de este municipio.
El Monasterio que responde a este nombre se fundó en el siglo X. Este convento, después de correr con la suerte de múltiples episodios eclesiásticos, fue utilizado como reducto defensivo por los guerrilleros durante la guerra de la independencia, acabando destruido al incendiarlo los franceses. En la lucha contra los franceses se puede decir que Cotobade abrió la guerra y obligó a los invasores a rendirse. Sucedía en el año 1809 y se dice que su mayor defensa y su más estratégico ataque consistió en un cañón de palo como recuerda el antiguo escudo del municipio
. Es tierra de canteros. Según la tradición Cotobade es la referencia de los afamados esculpidores de la piedra. Trabajaban por toda España y se conocían popularmente como ?los barrocos?. Parece que esta curiosa denominación tiene relación con el estilo arquitectónico de este nombre. Y a propósito del barroco, su gran eclosión aquí, como en otras zonas gallegas, fue con la llegada del maíz y de la patata.
Hablábamos de monocultivo de la piedra, es cierto que este oficio ya tuvo sus precedentes en la prehistoria. Cotobade está repleta de estos magníficos grabados rupestres, vestigios de tallas de otra época que tienen como soporte las rocas graníticas de dos micas. Pero esto es un avance de lo que veremos más tarde, un verdadero museo a cielo abierto.
Si hemos visto gran parte de su historia, nos queda por revisar su mejor radiografía, hablamos de la riqueza natural. Cotobade lo tiene todo, lo necesario para que la gente se haya dado cuenta de que aquí lo que reina es la calidad de vida, por eso, en cierto modo se ha frenado la regresión poblacional.
El paisaje, la piedra y el agua se unen en un duro trabajo de encaje de bolillos para conseguir espacios en los que reina una pureza primitiva, incluso cuando el hombre ha aportado su grano de arena.
Tanto los espacios bañados por el Lérez, como los recorridos por el Almofrei, son el vivo reflejo del gran legado natural que posee el municipio. Son hermosos lugares que nos devuelven al pasado, como en la parroquia de Borela, donde este puente guarda los pasos de los mismos caballeros del siglo XV. Del siglo siguiente disfrutamos de obras como esta sobre el Almofrei, un puente de sillería, que se extiende sobre las piedras de la que fue una calzada romana. Seguimos avanzando en el tiempo, hasta el siglo XVIII y a pie del Lérez. Sus aguas son verdaderas artistas, sino mires las esculturas que se han encargado de labrar durante todos estos años. No es de extrañar que el hombre se haya esforzado en hacer pasos sobre su curso, pues al tiempo se convierten en los mejores miradores de estos parajes relajantes a la vez que bucólicos.
Aguas tranquilas y claras, pero también de naturaleza sulfurosa. En este extremo del Lérez todavía se puede disfrutar de unos baños totalmente reparadores, como se hacía en otros tiempos, cuando se conservaba el viejo balneario.
La naturaleza y el disfrute en Cotobade no están reñidos. Este municipio sabe potenciar sus valores preservando la diversidad genética y su riqueza autóctona. Tan autóctona como los robles milenarios de San Xusto que dan sombra a todo el que allí quiere perderse en el discurrir de la vida misma.


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