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COSTA DE LA LUZ

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Uno de los más hermosos trayectos del litoral Gallego.

La Costa de la Luz, es la costa atlántica que se extiende entre las fronteras naturales de la desembocadura del Miño, en al Guarda, el promontorio de Monte Ferro, en Nigran, y las Islas Cíes, protectoras de la Ría de Vigo. Recorremos este hermoso trayecto para recordar aquellos días del invierno más negro tras la catástrofe del Prestige.

 
La naturaleza tiene sus propias armas de protección. Incluso cuando parece más indefensa, siempre guarda algún as en la manga.
El Miño y las Cíes fueron los particulares héroes del chapapote de la costa de la luz. La fuerza que traía el río tras un otoño de temporales ayudó a apartar las manchas de las playas guardesas. La desembocadura del Miño se convirtió en un fortín donde se enfrentaron sin tregua río y océano. Y en medio, las gentes del mar. Luchando por defender su medio de vida y retirando del agua más de seis toneladas de fuel.
Dos años después el miedo ha pasado y A Guarda quiere olvidar aquellos días en que el negro mar amenazó sus costas. Por eso se centra en cuidar aquello que siempre la ha diferenciado. El monte Santa Tecla y el valiosísimo castro que alberga. El monumento más visitado de Galicia después de la Catedral de Santiago. Unas seiscientas mil personas pasan por aquí cada año.
La costa de la luz se extiende entre la frontera natural del Miño y el promontorio de Monteferro. Seguir la carretera que une A Guarda con Baiona es la mejor forma de comprobar en qué estado se encuentra.
Nuestro viaje hacia el norte nos lleva hasta playas como esta de Santa María de Oia. Aquí se levanta el único monasterio del mundo que está situado junto al mar. Su iglesia es propiedad de la parroquia, que espera una pronta y necesaria restauración.
Tras muchos años de abandono, los nuevos propietarios del monasterio se plantean convertirlo en un centro balneario. Se sumará de este modo a la oferta del cercano hotel Talaso Atlántico. Un centro que aprovecha los beneficios del agua de mar para sus tratamientos de salud y belleza. Huéspedes y clientes externos disfrutan a diario de esta piscina climatizada. Y de los diversos programas que se establecen en función de cada necesidad.
Seguimos viaje y llegamos a Mougás. Esta costa recibió aquel chapapote que eludió A Guarda y viajó hacia el norte arrastrado por las corrientes. Fue una de las zonas más afectadas de este tramo que estamos recorriendo. Pero también fue uno de los puntos prioritarios para los trabajos de recuperación. Primero la recogida manual y a continuación la hidrolimpieza han mejorado ostensiblemente el aspecto de esta costa. La oficina del Comisionado del Prestige ha dado por finalizada su labor en Mougás. La cofradía de pescadores de Baiona asegura también que en esta zona se está mariscando a pleno rendimiento. Será, pues, el tiempo y el propio mar los que se ocupen de rematar el trabajo.
Camino hacia el norte topamos con el último promontorio que cierra prácticamente todas las rías gallegas. Cabo Silleiro se asienta sobre una costa salvaje y abrupta. A sus pies, sólo el Atlántico y la roca.
Es la última parada antes de uno de los centros turísticos más visitados de la provincia de Pontevedra. Baiona cuenta con cerca de veinticinco mil plazas hoteleras. Y entre su variada oferta destaca el parador de turismo ubicado en la fortaleza de Monterreal.
Desde la muralla contemplamos la entrada de la ensenada, protegida por las Islas Estelas. Ellas también son protagonistas de la historia que hoy recordamos. Al igual que las Cíes, actuaron como barrera natural y recibieron buena parte del fuel que se aproximaba a las playas de Baiona. Por eso arenales como este de Ribeira han vivido este último verano con total normalidad. Nosotros lo visitamos en julio y así se lo mostramos entonces.
El turismo en Baiona es eminentemente familiar. Sus cerca de cuatro kilómetros de playa se reparten en seis arenales tranquilos, protegidos de los vientos y las corrientes marinas. De todos ellos, quizás el más apreciado es el de Ladeira.
El verano se disfruta aquí a la orilla del mar. Por eso fue tan importante eludir las grandes manchas que provocó el Prestige. A esta costa llegaron galletas de fuel que fueron retiradas con celeridad. Un trabajo exhaustivo que ha permitido que hoy tengan este aspecto.
Para salvar el interior de la ría de la catástrofe que provocó el Prestige fue necesario el sacrificio de nuestro más preciado bien natural. Las Cíes, que apenas habían sido declaradas parte del Parque Nacional de las Islas Atlánticas, fueron heroínas y mártires de esta historia. Un mes después del inicio del desastre, en diciembre de 2002, el organismo autónomo Parques Nacionales cifraba la afección en un noventa y cinco por ciento del perímetro de las islas.
Voluntarios, marineros, ejército y administración se volcaron en la recuperación de este espacio. Se convirtió en uno de los símbolos de la lucha contra la marea negra. Durante meses, este frágil ecosistema sufrió con paciencia el trajín de cientos de personas. Se trabajó en los arenales, en las rocas y en los fondos marinos. Y, por supuesto, se contó con la ayuda inestimable del océano. Hoy en día, tan sólo se aplican tratamientos de biorremediación en algunas calas. Y se ha puesto en marcha un plan de seguimiento desarrollado por el propio Parque Nacional.
Cuando han pasado más de dos años de la catástrofe, las zonas más accesibles al turismo han vuelto a lucir su mejor cara. Espacios como el Lago de los niños han recuperado un aspecto saludable. Poblado de múltiples especies marinas y ajeno a una contaminación que lo amenazó seriamente. Las Cíes nos han demostrado la fortaleza de nuestros espacios naturales. Su capacidad de recuperación y de vuelta a la vida en un tiempo récord. Pero también nos han dejado ver su indefensión frente a los desastres causados por el hombre.
Una lección que no deberíamos olvidar.


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