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RUTA ETNOGRÁFICA

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Numerosas museos etnográficos recrean espacios con las características de antaño.

Entre las altas montañasy los verdes valles se mantienen vivas las viejas aldeas de casas de piedra y tejados de pizarra, sin olvidarnos de las pallozas el elemento arquitectónico más característico de los Ancares. Podremos conocer también herramientas de los oficios artesanales frecuentes en el mundo rural de la zona.

 
Estamos hoy en tierra con sabor a aldea vieja, de casas de ladera: son lugares propios del paisaje de montaña y los más distantes del núcleo parroquial.
Se asentaron entre nieves de invierno y flores silvestres de primavera, en territorio quebrado; mismo al pie de montañas que fueron fracturadas por los cataclismos geológicos.
Son hogares de techo de pizarra que escalan la pendiente de vértigo, cerca del árbol sagrado nacido en souto que desafía precipicios.
Pequeñas haciendas que conservan, al menos, una de las cien pallozas que en tal lugar ocuparon los campesinos "zoelas" o los ganaderos "albiones"; galaicas tribus de la prerromana época, asentadas entre Ancares y el Cantábrico asturiano.
Muestras, -estas pallozas-, de un pasado de ingenio de subsistencia en la gran montaña; en aquellos tiempos en los que lo único posible era subsistir.
A pie de río, en el valle profundo, se asientan, sin embargo, pueblos de campos de maíz y amplias praderías, de iglesia parroquial y cruceiro, de nativas tierras cultivadas con aperos de labranza de diseño.
Están próximas al molino que mueve el agua del río pequeño, que aún muele por placer de molinero anciano.
Y también junto a la ferreiría, que Asturias fue de hierro de minas en medio de los bosques frondosos; y hasta Galicia también llegaron los monjes del Císter, los primeros maestros de aquel arte de moldear el hierro. O junto al mazo, artilugio movido por aguas rebeldes de regato impetuoso, que también era de ferreiro. Cuentan que en las ferreirías se fundía el hierro en lingotes y en los mazos se trabajaban hasta convertirlos en útiles y herramientas.
Son los testigos de un tiempo ingenioso, cuyo recuerdo nos llega a través de varias muestras etnográficas; que no hay municipio que se precie de la cuenca del Navia, que no ofrezca al visitante, museo con tal contenido.
Y en cualquier aldea de ladera o de valle profundo, aún es posible recomponer el relato de aquel tiempo pasado.


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