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Malipa de Bergantiños

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La Malpica marinera es sobradamente bella e interesante.

El entorno del Cabo San Adrián marca los límites de la belleza que en Malpica va del agreste litoral a la singularidad de su puerto con la configuración urbana más marinera de toda esta zona y a sus hermosas playas abiertas al Atlántico.

 
El mar no descansa y Malpica vive al ritmo que le marca el Atlántico. Su puerto genera riqueza y preocupaciones a partes iguales. Y es que no hay trabajo más inestable que el que depende de los elementos.
El continuo trajín nos muestra un lugar lleno de vida que siempre ha querido luchar contra el destino que parece determinar su ubicación en la Costa da Morte. Malpica es un puerto de gran tradición y la fama de sus productos se extiende por toda la comarca y más allá. Por eso no es extraño encontrar gente que viene hasta aquí sólo para disfrutar de la descarga, de la venta a voz alzada y del exquisito pescado que sólo hay que verlo.
Malpica es además un lugar singular donde encontramos profesiones en peligro de extinción. Bajo el sol, bajo la lluvia, el frío o el viento las mujeres de esta villa han cosido redes durante generaciones. Desde hace unos años cuentan ya con una nave donde realizar su labor bajo techo, pero los días de buen tiempo aún es posible verlas sentadas en el puerto arreglando redes a una velocidad sorprendente.
Coser redes es un oficio complejo que supone unos seis años de aprendizaje, tantos o más que una carrera universitaria. Las rederas son un eslabón clave de la cadena, a veces no lo suficientemente apreciado. Costureras del mar a tiempo parcial, sufren también los vaivenes del sector.
Esta apreciación la comparte el último representante de una profesión puramente malpicana. Los boteros o taxistas del mar llevan muchos años trasladando personas y material a los barcos de cerco. El mar es a veces tan vivo que se lo lleva todo por delante. Por eso los barcos fondean lejos del puerto y pagan un uno por ciento de sus capturas al botero. Pero la crisis ha llegado también a esta profesión y desde hace poco más de un mes, Alfredo es el único que cubre esta ruta.
El mar es el primer sector económico en Malpica. No hay familia que no dependa de él en mayor o menor medida. Pero es también, y cada vez más, su principal atractivo turístico.
Malpica quiere ampliar su oferta de plazas hoteleras para convertirse en un referente en la Costa da Morte. Atractivos no le faltan y si no, juzguen ustedes mismos.
Estas tierras llevan miles de años habitadas. De tiempos muy antiguos nos llega esta Pedra da Arca. Inmenso dolmen que sufrió en los años cincuenta una sorprendente agresión. Un vecino partió con dinamita la piedra que lo cubría para llevarse una parte. La marca dejada por el barreño aún se distingue con claridad.
Malpica guarda también recuerdo de la época medieval a través de las Torres de Mens. Son los restos de una antigua fortaleza propiedad de la casa de Altamira. Fue derribada en la revuelta irmandiña de mediados del siglo quince y reconstruida posteriormente.
Frente a ella, la Iglesia de Santiago de Mens, declarada monumento nacional. Construida a principios del siglo diez, el actual templo cuenta con tres naves y tres ábsides. En el alero podemos observar una curiosa colección de canecillos.
Malpica exige también una visita a la parroquia de Buño. El próximo año abrirá al público el ecomuseo Forno do Forte. Un espacio en plena recuperación donde podremos ver cómo vivían y trabajaban los famosos oleiros. Y es que la alfarería de Buño está documentada desde el siglo dieciséis y actualmente cuenta con un gran prestigio.
Nuestra visita debe terminar irremediablemente mirando al mar. Desde hace siete años, los navegantes de la Costa da Morte cuentan con la referencia del Faro Nariga, concebido como un sólido barco por el arquitecto César Portela. Embarcación en tierra que vigila el bravo océano y mira de reojo a las Islas Sisargas. Y, sobre todo, lugar idóneo para contemplar un apocalíptico atardecer.


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