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HACIA EL OLIMPO

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Entre la tierra y el mar

Seguimos la huella romana, a través de la Vier Per Loca Marítima, desde el Valle del Dubra hasta el Olimpo Celta. Los romanos atravesaron ríos y valles hermosos en las tierras de Dubriam, Trastámara, A Barcala, Sonería y Dumbría hasta el Monte Sagrado desde el que ya se alcanza el Finisterre.

 
Siguiendo costumbre ancestral, los ríos imponen su curso al viajero, explorador de luminosos lugares para gozar del silencio y de la calma, cual peregrino de incansable caminar por las antiguas vías, las también elegidas por las legiones de Roma.
El Tambre y el Dubra. Desde Compostela, es el Tambre quien impone la ruta para llegar a Portomouro, la puerta del Valle hermoso que sin embargo llaman del Dubra, aunque sea el Tambre río principal, en cuyas riberas crece el bosque de Cernadas.
El Xallas. Otro río inmerso en el origen celta del paisaje, que de ello presumen los gallegos que hoy habitan aquel Condado de Trastámara. Porque Xallas es también Castro de Castriz, que así se llama este lugar de Santa Comba, dominador de la encrucijada de los caminos que hemos de seguir.
El Río Grande. Que es grande porque nace en el Pico de Meda y porque forma valle propio en las tierras de Zás, que atraviesa hasta que por fin llega a la ría de Camariñas, haciendo encaje de bolillos por la piel verde de a Ponte do Porto.
Otra vez el Xallas. Porque hemos de cruzar el puente que aún llaman romano para buscar la mansión Brandímirum, que dio reposo al emperador Antonino, viajero incansable a quien debe la Gallaecia una gran parte de sus vías.
Y en el trayecto final, también el Xallas. El río que se pierde, vagabundo, precipitándose al vacío de la más intensa hermosura, en busca del mar inmenso autor de la sinfonía del agua que bate en el oído del Olimpo Celta.
El Monte Sagrado, anchea, al fin, los horizontes. Aquí nos envuelven la Tierra verde y el Mar azul.
Y no hay límites para el resplandor final del sol , cuando se vuelve a esconder sobre el Fin de la Tierra.


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