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LOS PUENTES

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Los puentes constituyen todo un símbolo de viejos y nuevos tiempos

Los ríos marcan los límites de esta ciudad del agua, crean sus mejores espacios verdes y nos recuerdan brillantes épocas de su historia. Los puentes sobre el Miño y sus afluentes, el Barbaña y el Loña son, a lo largo de la historia, la construcción civil por antonomasia.

 
El Miño, junto con dos de sus afluentes, el Loña y el Barbaña, marca a su paso por la ciudad un valle cerrado que se le ha dado en denominar la ?hoya? orensana.
En esa depresión, tanto río hizo necesario crear algún medio para salvarlo. Los puentes van a ser, a lo largo de la historia, la construcción pública por antonomasia. De hecho, tal ha sido su importancia que algunas de estas estructuras civiles se han convertido en símbolos representativos de la ciudad.
Así sobre el río Barbaña existieron tres puentes históricos ya desaparecidos, como es el caso del antiguo puente de Codesal que ha sido trasladado al curso de otro río en las afueras, en la zona de Cabeanca.
El río Loña es el de menos caudal de los tres, pero conserva un pequeño tesoro apreciable a cualquier vista; un puente medieval que se cita ya en documentos del mismo siglo XIII. Es un río de aguas claras ?que rápido se lanza bajo el esqueleto del puente para reposar entre sauces antes de morir en el Miño?, como contaba Otero Pedrayo.
El Miño corre por los escondites de un valle caliente y ahonda entre suaves matices, porque el Miño es agua mansa en Velle, donde la diversión está asegurada en las estaciones más suaves y es agua termal tras superar las terrazas de Reza y de Canedo. No cabe la menor duda de que el Miño es el gran río, y por lo tanto los grandes puentes, se encuentran sobre su curso, puentes que son todo un símbolo y que detallan paso a paso la crónica de la tierra que llaman de las Burgas.
El paso de este caudaloso río, que hoy no lo es tanto por las escasas lluvias, era imprescindible para la comunicación entre la Galicia Norte y la Sur.
Primero fue el Puente Viejo, también conocido como Puente Romano. Es leyenda que fue su artífice Trajano, a quien se le atribuyen en Hispania todos los puentes de solera romana.
Tras siglos de monopolio se construyó éste que por contraposición se llamó Puente Nuevo y que desde 1918 dio facilitó el paso a la estación de ferrocarril.
Auque el ferrocarril ya había llegado, no fue hasta 1958, cuando se finaliza el proyecto que permite cruzar el río y con ello el tren pueda llegar por el sureste de Galicia. El siguiente se conoce como el Novísimo o el del Ribeiriño, por su ubicación. Pertenece a la etapa de los nuevos accesos a Galicia. Su construcción pretendía aliviar el tráfico del Puente Nuevo, pero no será hasta 1971 el año en que entre en funcionamiento.
Este otro, el del Milenio, se ha convertido en el gran icono de la ciudad y no pasa desapercibido para nadie, su original forma, con pasarelas que llegan a elevarse 22 metros lo han bautizado como el símbolo del progreso de la ciudad.
El último ha sido el del Vao. Una pasarela peatonal que no ha hecho otra cosa que la de seguir mejorando las comunicaciones entre los dos lados del Miño.
Un río imperioso, con presencia, afable y de extraña hermosura un río digno de admirar a pleno día, cuando se duerme el sol o cuando sale la luna.


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