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PASEAR POR COMPOSTELA

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La Compostela de piedra es Patrimonio de la Humanidad y el trazado de sus antiguas calles se conserva prácticamente tal cual fueron concebidas.

Pasear por sus calles de piedra es viajar a un tiempo en el que la ciudad vivía exclusivamente intramuros, prácticamente desde el medioevo hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando su carácter urbano se abre a lo que hoy se conoce como el Ensanche, es decir el Santiago moderno.

 
Pasear por Compostela es desafiar al tiempo; perderse en un entresijo de calles eternas que apenas han cambiado su aspecto medieval.
Viajar a una época en que la ciudad vivió únicamente intramuros, rodeada por una extensa muralla protectora hasta el siglo XIX y siete entradas que hoy sólo se adivinan.
Por la Porta do Camiño entraba el Camino Francés. El Inglés, por el punto más alto al recinto amurallado: Porta da Pena.
La casa del verdugo se construyó sobre Porta Faxeira, que refugiaba a quienes emprendían Camino desde Portugal.
Hoy el bullicio de la antigua entrada descubre una Ciudad Abierta, que crece y extiende trazado hacia la zona más moderna, el Ensanche.
En la Porta da Trinidade o de A Mahía se refugiaban del mar quienes llegaban desde Muros y Noia, y salían otros reconfortados por el abrazo del Apóstol, para ver el ocaso desde Fisterra.
Resiste, la de Mazarelos, con un arco que cruzaron quienes venían de hacer la ruta de la Plata y también Baco, con buenos vinos de la Ulla y del Ribeiro.
La de Sofrades calmaba la fatiga de quienes se acercaban a Obradoiro.
Y la Porta da Mámoa internaba al peregrino en la Rúa Nova, que curiosamente se llama así desde hace nueve siglos.
Es una de las calles más madrugadoras, la del primer café; la que mejor desnuda tradición y prosperidad comercial dentro del antiguo burgo medieval.
Envuelta en piedra milenaria, llena de leyendas y revestida por el pasado; la rúa del Vilar.
Símbolos que se detienen en casas blasonadas, antiguos balcones de forja, soportales misteriosos? Santiago no agota fuerzas en la Catedral.
Se va entreteniendo en rúas como la del Franco, llamada así en recuerdo a los primeros caminantes franceses; extensa, peatonal, animada con la llegada de estudiantes y peregrinos que se detienen en mesones llenos de gastronomía popular.
Son calles espirituales porque, como Roma o Jerusalén, Compostela es destino de millones de almas de todo el mundo.
Rincones hospitalarios, que entregan cada uno de sus encantos al turista, al caminante que busca salvación y al lugareño? y que han convertido a la Ciudad de Piedra en Patrimonio de la Humanidad.
Los mismos recovecos que descubrió y escribió Lorca en ?Madrigal a la Ciudad de Santiago?.


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