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Nace el Miño

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El agua es el hilo conductor de la vida. El cordón umbilical que nos mantiene ligados a la esencia del ser.

Nuevos estudios han desvelado que las verdaderas fuentes del padre de los ríos gallegos, están en el Pedregal de Irimia.

 
En Fonmiñá, el agua viene recorriendo caminos y abriéndose paso en los pliegues de la tierra. El Miño es apenas un adolescente que mira con la audacia de su juventud, el camino que le resta por gastar.
El caudillo Breogán observa impasible ese transcurrir del tiempo, esa prisa suave que dibuja gotas de agua danzando en esta fiesta de los elementos más naturales. El agua se vierte por las entrañas de una piel que se abriga del invierno cobijándose en el más emotivo recuerdo, que sólo es recuerdo. Duendes y hadas, ninfas y espejismos revolotean en torno a estas aguas cristalinas que se convierten en el mejor espejo al que mirar nuestra emoción. El agua, es nuestra piel sudada, es nuestra hierba empapada, es la humedad de un pensamiento que nos habita el alma.
La brisa no es más que la complicidad de un tiempo que vaga lentamente por los días.
Mientras tanto, el deseo se hace también agua y se filtra adentrándose en los rincones de la memoria. El agua, es dignidad, es gesto, es mirada. Es riqueza que desnuda el tiempo y lo vuelve a cubrir con razones de inmortalidad.
El Miño se abre paso entre el ayer y el mañana.
Un sauce llora su tristeza y despierta la mayor de las sonrisas. Quiere ver el sol. Y se rinde galantemente ante los pies de la luna. Quiere llegar con su cabello al suelo, tocar esas raíces que lo sostienen derecho.
Paseamos nuestros pensamientos callados para no despertarnos del sueño que nos trae y nos lleva, que nos mece, que nos abraza en un símbolo de amistad no perecedera.
El tiempo, todavía está por llegar.
Y mientras, el río extiende sus brazos y nos abriga del frío invierno que acompaña nuestras tardes somnolientas al compás del viento, al compás de esa tarde que se fue sonriendo.


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