Mapa de recursos


Mar de Soledades

Añadir a digg | Añadir a technorati | Añadir a wikio | Chuza esta nova | Añadir a Menéame | Añadir a Del.icio.us | Añadir a Yahoo | Añadir a tuenti | Añadir a fresqui | Añadir a facebook | Añadir a newsvine | Añadir a stumbleUpon | Añadir a spurl | Añadir a blinklist



 

Buscamos otra vez la inmensidad Atlántica en la que se pierde nuestra mirada.

Para olvidarse del mundo, nada mejor que asomarse adonde termina.. Faros perdidos, playas desiertas, puertos vacíos y navegantes solitarios y un paisaje infinito. Es tiempo de otoño y el mar es inmenso; luce único, verdadero, para cuantos gustamos de su leyenda.

 
Porque hay que conocer a fondo la ventana más salvaje del Atlántico para descubrir sus escondites.
Detrás de estas vistas de vértigo, se oculta una tierra traicionada por el mar. Pero también, un paraíso en calma que recoge a quien aquí se acerca.
Deambular por el Fin de la Tierra es despertar a la vida; perderse en orillas que siguen rumbo marinero y estrechan calles por las que no pasa el tiempo.
Amanecer en los confines del universo es levantarse con el mismo sol que cautivó a emperadores romanos y acostarse en el mismo sitio, pero con más comodidades. Dormir en casas ajenas que se llaman hogares y querer prolongar los días para escaparse de los minutos que marca el reloj.
Dejarse mecer por una ciudad inundada en el valle del Duio y agarrarse a acantilados a los que sólo llega el aire.
Hacer noche arropados por las mil leyendas que sobrevuelan la Costa da Morte, esperando que avancen las horas para hundirse en el mar solitario.
Al Fin de la Tierra todo llega sin avisar y los últimos rayos de luz mueren también al encontrarse con el Otoño.
Miran sin miedo al océano los vientos que azotan playas ya desnudas; en inmensos arenales sin huella agitados sólo por espuma blanca.
Aquí no hay esquinas, pero el viento no necesita descanso; golpea catedrales de aire; magnates de piedra que se precipitan sobre el agua.
Es el mar que consuela al hombre, el que sumerge pensamientos y ayuda a tomar decisiones; el horizonte azul al que se acude en temporadas frías buscando el calor del verano.
Aguas enfadadas que tranquilizaron a la Virgen cuando subía hasta Piedras Santas para alentar a Santiago.
Porque el Apóstol abatido también dudaba de sus intentos de cristianizar a los celtas que habitaban estas tierras. Y fueron estos paisajes infinitos quienes entregaron respuesta.
Es el vuelo tranquilo que disfruta la gaviota, el que se detiene en altares sagrados desde los que se adora al sol.
Barcos empequeñecidos que navegan camino de América y suplican al abismo que no pierda de vista este mar.
Estamos en el Océano de Soledad; el que, cada noche, pregunta al sol qué se siente cuando se muere en el Fin del Mundo.


Comparte esta página o añade un comentario en tu Facebook



Última actividad en Facebook