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DONDE PERVIVE EL ALMA

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Paisaje y leyendas se confunden en la sierra de A Capelada.

Los acantilados en torno a Teixido, otorgan un aire inestable y bello, a este mundo escondido. Donde pervive el centro del mundo mítico y mágico de la Galicia más ancestral.

 
Se puede pasar toda una vida sin llegar a ninguna parte, pero a San Andrés de Teixido hay que ir al menos una vez. Porque a San Andrés ?vai de morto o que non foi de vivo?, aunque se trate de un alma en pena. Por eso, nadie, ni vivo ni muerto, se librará de cumplir lo que, según la leyenda es propia voluntad de lo divino. Abierto al océano, entre cortantes acantilados, un valle, un caserío y un templo; San Andrés tiene su santuario al pié del último tramo del Atlántico, un lugar que se percibe aislado y solitario, donde nace la niebla frente a un mar en el que muere la tierra en vertical. Una sensación que los sentidos sólo pueden percibir en esta sierra de A Capelada.
La belleza de este enclave, no es amable, es impresionantemente dramática. Los acantilados que caen verticales y se hunden en el mar bravo reflejan tonos fríos y dureza; el paisaje verdecerte tampoco es alegre, es simplemente bello: abruma lo sorprendente, la piedra, el agua.
Hablamos de un equilibrio deleznable (frágil) que se mantiene a lo largo de toda la costa que se describe desde la villa de Cedeira hasta que descendemos a la Ría de Ortigueira.
Son muchos los rincones donde de nuevo la magia del paisaje marino se funde con la magia de la historia y de la leyenda. La capilla de San Antonio, por ejemplo, domina el alto de un acantilado, ese que alcanza la separación de la Ría y del Océano.
El de Herveira es el mayor tajo vertical de toda Europa, más de 600 metros de altura de acantilado donde no se oye el mar ni se le reconoce. Pero se le intuye, se escucha aquel antiguo viento, sustraído al tiempo y a la historia.
Ese viento que recuerda al mismísimo Lancelot huyendo de su amor por la princesa Ginebra, esposa de Arturo.
Ese viento que se empieza a tornar cada vez más Cantábrico y ése que mece el bosque de los druídas celtas a las puertas del cabo Ortegal, en Cariño, donde la montaña desciende hasta otra de las Rías Altas la de Ortigueira.
Venimos ya de una estructura mítica y fantasmagórica que nos ha estimulado los sentidos.
Venimos observando belleza tras belleza desde cabo Ortegal y desde este mar de os Aguillóns que añaden sutilmente una perspectiva escalonada a este pequeño anfiteatro costero.
La Ría de Ortigueira está integrada por dos estuarios, el de Ladrido y el de Ortigueira, un total de 2.920 hectáreas con una gran riqueza faunística. De hecho, este importante humedal ostenta varios reconocimientos: es Zona de Interés Natural en Régimen de Protección General, Zona de Especial Protección para aves y figura en el convenio Ramsar.
Este enclave comprende extensas llanuras intermareales fango-arenosas, marismas y un considerable sistema dunar.
Es paso obligado para unas 200 especies migratorias que viajan de norte a sur, y en su camino se detienen en este refugio en busca de descanso y de alimento.
Es belleza, riqueza y descanso que se puede apreciar en primera línea en este gran espacio de soledad, éste que es escondite, susceptible a las mareas. Y donde el océano se ve pero no se oye.
Todo lo contrario a lo que sucede una vez que ponemos rumbo a Bares, la visión de dos mares que ya son sólo uno y que nos ofrecen una tajante mística natural en el aire. Porque aquí se entregan Atlántico y Cantábrico como si quisieran ser un solo Océano, aquel que guarda los recuerdos de más de mil almas.


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