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Villa de Carnota

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Carnota tiene sus principales valores en el paisaje, tanto de mar como de interior.

Toda la villa está enclavada en el entorno más perfecto del medio natural deseado: con una colina a su espalda, se asienta en el llano mas fértil y se enfrenta al mar abierto. Así es este espacio, casi virgen pero con mucha vida; humanizado en sus aspectos urbanos deseables; y hermoso por sus cuatro costados.

 
Todo es perfecto en esta costa al límite de la muerte. Enclavada en el lugar en el que todos desearíamos vivir, con una colina a la espalda y el todo el océano a nuestra frente. Miremos a donde miremos encontramos una villa activa, dinámica, humana y humanizada. Preocupada por su entorno, casi virgen, pero muy cuidado y sobre todo hermoso.
Nos podemos quedar horas mirando el mar que brota de sus playas en forma de concha, paseando arenales que nunca terminan, charlando en los puertos con los más sabios. El mar ha marcado la vida de Carnota, quizás porque se enfrenta cada día al fin de la tierra que marca su horizonte.
Cada parroquia hace frente al atlántico duro y desafiante con pequeños puertos coloridos y alegres barcas en las que ganarse la vida, que a veces lloran la falta de trabajo, pero que siguen luchando, y si el mar no da, en tierra, donde haya que hacerlo. Que para eso son duras las gentes de esta costa arrogante que mira a los ojos al mar y lo tratan de tú, para que no se crezca con ellos, porque aquí ya no le temen.
Carnota está abierta al mar, también al mundo y a las gentes que vienen de todas partes a disfrutarla. A conocer las construcciones tradicionales, como las que adornan las playas, los hórreos más largos de Galicia, el de Lira y Carnota, los faros, como el de punta ínsua, monumental desde 1920, o los puertos como el de Lira, donde no existe la palabra imposible.
Entre la piedra y el mar se divide el atractivo de Carnota, una tierra abierta, descarnada ante el océano al mundo, que huele a salitre sólo con pronunciar su nombre.


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