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ENTRE LA CALMA DE LA RÍA Y UN MAR SALVAJE

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La ría de Camariñas se desliza tranquila entre prados y extensas playas.

Las más conocidas son las de la costa de Muxía, que comparten los habitantes de una y otra ribera. Desde este punto contemplamos la desembocadura del río grande que se extiende manso hasta morir en el mar.

 
Y seguimos sus huellas, atravesando costa pedregosa y escarpada que nos lleva a los parajes más bellos, pero también a los más duros.
El faro de punta Violleira se eleva sobrio sobre el horizonte, mientras la Virxe do Monte protege a todo el que se atreve a mirar esta costa.
Nos aproximamos a Cabo Vilano, convertido en todo un emblema. A casi 80 metros de altitud se alza el faro, que, por su peligrosidad, fue el primero de toda España en ser eléctrico.
A sus pies la isla Vilán de Fora, casi puesta a propósito para proteger la costa. El paisaje se compone de rocas, furnas, acantilados, todos los elementos que hacen de esta una Costa da Morte. Aunque hoy se nos muestra tranquila, amable, con colores casi irreales, incluso nos enseña sus entrañas, los fondos marinos.
Este camino practicamente adosado a la costa nos permite disfrutar de todas las perspectivas del paisaje y nos muestra también episodios de la historia.
Este cabo do trece fue escenario de uno de los más cruentos naufragios de los muchos que se han dado en la zona. El barco inglés Serpent encalló una noche de 1890 dejando 172 muertos más que añadir a la dura lista negra de esta costa.
Bajo la gran duna del Monte Branco descansan los restos del naufragio en este cementerio de los ingleses.
La ensenada do 13 nos conduce a parajes más tranquilos, a pueblos como Santa Mariña o Arou, con la sierra a sus espaldas y enfrentados día a día con el océano.
Sin perder de vista el horizonte llegamos a Camelle, que se refugia en su ensenada del azote del mar salvaje de la Costa da Morte.


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