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JUBILADOS DE LA TIERRA

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El recuerdo vivo de aquellos hombres y mujeres del rural.

Tierra adentro quedan gentes, de rostro curtido por el trabajo de sol a sol, que hicieron posible la fertilidad del territorio más amado. Ellos fueron la clave de la evolución del campo y gracias a ellos tenemos futuro, dicen por aquí los expertos. Aún envejecen de forma activa, que hay un huerto para cada estación.

 
Sus arrugas son el testigo de una vida llena de sufrimientos. De sacrificios. Porque tal como nos cuentan los hermanos José y Jesús su vida ha sido muy dura. Desde muy jóvenes se han visto obligados a trabajar en el campo. Hoy, sin embargo, entre sus amigos, desde la residencia recuerdan su juventud y en cierto modo, añoran esa vieja montaña que les ha visto crecer.
Son nuestros abuelos. El recuerdo aún vivo, de aquellas mujeres y hombres del rural. Que desde el alba hasta el anochecer trabajaban a destajo. Una vida con pocas comodidades y con mucha miseria.
Sin embargo, ellos han sido y son el germen para que hoy nuestro labrantío tenga un futuro prometedor. De su fervor y su saber hacer, nuestro campo se ha convertido en un sector al alza. No solo en cuanto a producción sino también por las posibilidades turísticas que ofrece. El campo se ha transformado.
Nuestras aldeas son el testigo del devenir del tiempo. Y una muestra de una típica arquitectura popular que perdura impasible a pesar de los años.
Que hoy, todos podamos disfrutar de este rural soñado se lo debemos a nuestros abuelos, que nos lo han dejado en herencia. Pasear entorno a los cristalinos ríos de montaña, y a los agradables árboles es producto del trabajo de nuestros antepasados. Ellos han cosechado, plantado y sembrado la semilla que hoy nosotros gozamos. Volver a la aldea renacida supone recuperar esos viejos sentimientos que nacieron a la luz de la lumbre, al calor de una tarde de otoño.
La época ideal para que nuestros mayores se junten con la juventud y todos se dejen llevar por la magia de la tierra. Sintiendo el cariño y la compañía de los amigos, en torno al fuego de un buen magosto.
Así es nuestro campo y así se lo tenemos que agradecer a esas personas comunes, trabajadoras incansables, que mantuvieron vivo el espíritu de la tierra.


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