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JUBILADOS DEL MAR

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Viejos marineros de vieja estirpe con la cara curtida por soles de verano e invierno.

Tienen nostalgia de aquella gamela, su compañera de vida; por eso se sientan en el puerto a mirar la partida y la llegada de los barcos. Conocen los secretos de la mar y las profundidades marinas en donde se oculta el pulpo de la ría. Trataron de tu a la muerte y cuentan mil historias marinas en la taberna del puerto.

 
Así es la vida de un marinero. Poner las redes a punto, preparar los barcos antes salir al mar, levantarse de madrugada, largas temporadas sin pisar tierra. Pero eso no dura para siempre, aparecen nuevos marineros y los veteranos tienen que dejarles paso.
Y aunque el mar fue su vida, ahora tan solo lo contemplan desde el puerto. Se acercan cada día hasta aquí para ver partir a los jóvenes marineros a los que ellos, antes de irse, enseñaron todo lo que saben.
Es el caso de Manuel Castro. Empezó en el mar con tan solo 9 años. A los 15 se fue a Barcelona a comprar un barco. Su padre le mostró los misterios y la riqueza del mar y Manuel quiso seguir sus pasos. La pesca de altura, los mercantes, esas largas temporadas en los mares de Persia, todo ha quedado atrás.
Recuerda esa vida con nostalgia, pero a sus 61 años todavía no se ha despedido del todo del agua salada. Las bateas son ahora su vida, ya que aunque retirado, es su mujer la que ahora habla con el mar.
Las mañanas las pasan, como decíamos, en su puerto, donde tantas veces se despidieron de su familia y donde tantas otras pensaron que después de ese viaje se quedarían en tierra para siempre. Pero el mar también tiene su encanto y seduce a sus marineros para que no lo abandonen.
Todavía hay quien sale a recordar en su vieja gamela lo que un día fue su medio de vida. Conocen mejor que nadie el mar, que tantas historias que contar a sus nietos les ha dado.
La melancolía hace que los marineros se busquen y compartan sus días y sus vivencias. Y que mejor sitio para hacerlo que su taberna, pegada al puerto. Allí se junta por ejemplo Manuel con sus amigos para jugar un chinchón y recordar viejos tiempos. Y así les pasa a todos los que un día entregaron su vida al mar. Ahora en tierra todo es diferente. Cierran los ojos y siguen sintiendo el movimiento del barco por las olas.
Y es que el que alguna vez fue marinero lo será toda la vida.


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