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UN PARAÍSO NATURAL

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Navegamos rumbo al paraíso, las Islas Cíes

El paraíso está muy cerca de Vigo. Apenas a cuarenta minutos, navegando despacio. Es, ya se lo imaginan, el Parque Nacional de las Illas Cíes. Antes de que se inaugure el verano, las antiguas Ficas aparecen tan deslumbrantes como solitarias.

 
El arenal de Rodas es nuestra primera parada. Ha sido considerada por The Guardian como la mejor playa del mundo y a sus pies crece una vegetación endémica, como la ?Armeria Pungens?, única en Galicia.
Estas son las dunas de Figueiras o Muxeiro.
Para llegar al Faro hemos de recorrer unos seis kilómetros. A pié, por supuesto, que en Cíes no hay carreteras.
Pero sí hay en el trayecto algunos rastros de civilización, como el dique que se construyó a finales del siglo XIX, para instalar un vivero de langostas y facilitar el tránsito de buques hasta la antigua fábrica de salazón, que había en el actual muelle de Rodas. El dique comunica la Isla de Monteagudo o la del Norte, que a su vez está unida, por la arenosa lengua de Rodas, con la isla del Medio, o Sur.
Entre ambas, nos miramos en el espejo de este lugar asombroso conocido como Lago dos Nenos, porque son los mas pequeños quienes mas lo disfrutan?junto con sus habitantes naturales.
En Cíes dejó el hombre algunas huellas. Aunque en la actualidad, los únicos que viven en las islas son los guardas del Parque Nacional, unos pocos privilegiados conservan casa de verano. La declaración de Parque Natural en 1980 impidió, afortunadamente, la proliferación de edificaciones.
Porque en las Cíes, a finales del siglo XIX, había unos cincuenta residentes. Y un siglo antes, en el XVIII, se instalaron los monjes en este monasterio, hoy reconvertido en aula de naturaleza.
Varios senderos cruzan la isla del Medio, en la que nos situamos ahora? Los caminos serpentean la isla. A veces la ruta nos enseña el mar y otras penetra en bellas zonas boscosas.
Subimos también, esta vez, al mirador de la Campana, una piedra muy especial, granítica, esculpida por la erosión. Los marineros dicen que canta cuando la acaricia el viento.
Desde la Campana se contempla la rudeza de los acantilados donde anidan las aves. Este es el mejor observatorio, sobre todo, de gaviotas y cormoranes.
Al fin llegamos al Faro. Enroscado en una colina en la que existió un poblado castrexo, su ascensión es todo un reto.
Mas fácil hubiera resultado llegar al Faro da Porta o Faro Pequeño, frente a la isla de San Martiño, la del sur. Pero aquí el premio es grandioso: 360 grados de belleza sin fin, desde 178 metros de altitud.


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