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LA PLAYA ARTIFICIAL

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Nos vamos a Cerceda donde una gran playa artificial atrae a miles de personas.

Cuando termine el verano, más de 150.000 personas habrán disfrutado del Aquapark de Cerceda en un ambiente enteramente familiar. Porque hay quien dice que esta es la playa favorita de todos los niños gallegos.

 
Ni del mar, ni de la arena. El turismo y la diversión llegan cada verano a Cerceda a través de tubos plásticos serpenteantes y de toboganes resbaladizos. Los de su parque acuático, el único que por el momento existe en Galicia. Más de treinta mil metros cuadrados dedicados a la diversión para toda la familia, lo han convertido en siete años en la gran playa artificial de Galicia.
Hoy su estrella es esta, un tobogán, que nos lanza desde 54 metros de altura a todo un oasis de ocio acuático, que cuando acabe el verano habrá visto chapotear en sus piscinas a más de ciento cincuenta mil personas. Todas habrán notado, seguro, el agua más templada porque el Acuapark luce también desde hace poco el mayor parque de paneles de energía solar térmica dedicados en España a una atracción acuática.
Es la primera marca que encontramos en Cerceda de apuesta por el desarrollo sostenible. Pero no habrá que alejarse mucho para encontrar la siguiente porque rodeando la gran playa se topa el visitante siete hectáreas de parcelas industriales. Es el parque empresarial de la villa. La mayoría, el 80% de ellas, se dedican al reciclaje y muchas son auxiliares de la planta incineradora de SOGAMA, la Sociedad Gallega del Medioambiente.
Verde y gris. Naturaleza y estructuras metálicas. Eso ofrece el paisaje aquí, una extraña mezcla de colores, formas y sensaciones, un ejemplo de la complicada, pero necesaria convivencia entre medioambiente y progreso económico. Progreso que en Cerceda viene ligado irremediablemente a la central térmica de Meirama, que 30 años después de nacer, hoy piensa en adaptarse a las nuevas exigencias medioambientales.
Es el motor económico, el que zambulló a la villa en un imparable proceso de industrialización que la ha convertido en uno de los municipios más ricos de España. Visitamos sus entrañas. La controvertida mina de lignito. Un mordisco en la tierra de 800 metros de ancho y un kilómetro de largo, que se hunde hoy 62 metros por debajo del nivel del mar. En el pasado, esta era la cabecera del río Barcés y la cuna del valle de As Encrobas. Las máquinas lo comieron todo y el caudal se desvió. Ahora, pronto, volverá a su cauce porque en diciembre la explotación se agota y sus aguas llenarán en buena medida el lago artificial que se quiere construir en su lugar.
Aquí todo gira en torno al gran agujero. Lo ha hecho siempre. Incluso su arquitectura civil. Los trabajos mineros desplazaron iglesias (como la de As Encrobas) y cambiaron de ubicación pazos como el de Gontón, que se trasladó piedra a piedra a escasos metros de la mina y hoy luce aspecto nuevo como sede de la empresa que explota este bocado de carbón.
De nuevo, el contraste en esta villa, que a tan sólo unos minutos en coche, en el área recreativa de Queixa nos muestra su cara más tranquila y natural, reflejada en uno de sus ríos trucheros, el Portabrea. Algo más lejos, por caminos que invitan al senderismo, llegaremos también hasta el Monte Xalo para ofrecernos impresionantes vistas de la gran ciudad de A Coruña y de las muchas zonas verdes que abrigadas por montañas aún esconde este pueblo que se llena en verano de vida.


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