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Sissi en Galicia

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Uno de los objetivos de esta exposición es hacernos ver que Sissi, la cinematográfica y rubicunda princesa interpretada en las pantallas por Romy Schneider, no guarda ninguna relación con la enigmática y más bien trágica Elisabeth de Baviera.

Desde hace varias semanas todos los que pasan por los jardines de Méndez Núñez en A Coruña son atraídos irremediablemente al interior del Kiosko Alfonso. Se ha corrido la voz de que dentro se puede contemplar una gran exposición sobre el fascinante mito de la emperatriz Sissi.

 
Sissi era una mujer culta, extravagante, anticonvencional, demócrata, y profundamente neurótica, que se negó a desempeñar en pleno siglo XIX, su papel de esposa, madre y primera dama de un gigantesco imperio. Feroces curas de hambre, ejercicios físicos y un total rechazo de la sexualidad han llevado a la medicina moderna a pensar que la emperatriz padecía anorexia. En la exposición del kiosko Alfonso se puede observar cómo mantiene las mismas tallas desde su juventud hasta su muerte. Fue famosa su hermosa cabellera que le llegaba hasta los tobillos y que requería más de tres horas para confeccionar su peinado. Era la mejor amazona de Europa y una gimnasta entregada al culto de su cuerpo que mantenía lozano, evitando las relaciones físicas con su marido al que ella misma buscaba amantes. En la exposición, visitada cada día por 1500 personas, hay piezas procedentes de 33 colecciones diferentes. Ha sido necesario habilitar un espacio en la Estación Marítima para albergar allí las piezas más difíciles de transportar, los carruajes en los que recorrió Sissi media Europa.
Desde su llegada a Viena a los 15 años, Elisabeth se había sentido como en una cárcel. La joven emperatriz procedía de una familia bávara ajena a cualquier tipo de rigidez social y al llegar a la corte se vio obligada a ejercer unas funciones para las que no albergaba vocación alguna. La nobleza austríaca creyó durante muchos años que su emperatriz era tonta, pero en realidad tenían una soberana adelantada a su época, gran conocedora de la literatura clásica, traductora de Lord Byron, de Shakespeare y de Homero al alemán, admiradora de Schopenhauer y de Nietzche y entregada a la composición de su propia obra poética. Dejó dos libros de poemas, Cantos de invierno y Canciones del Mar del Norte, unos versos inspirados por su gran afición a la navegación, tan grande que incluso se hizo tatuar un ancla de marinero.


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