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Un viejo Monasterio

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Llegamos a Samos la mas bella e interesante eco ruta europea, el Camino de Santiago.

La villa monacal, habitada por gentes hospitalarias acostumbradas a convivir con el peregrino a Compostela, resulta mágica, espiritual, histórica y monumental.

 
Los peregrinos desvían su ruta para admirarlo. Entre Triacastela y Sarria está Samos, donde se encuentra el Monasterio de San Xian, el verdadero emblema histórico del municipio y uno de sus motores económicos.
La tranquilidad lo convirtió en uno de los lugares propicios para la oración y el retiro, y por eso los benedictos lo convirtieron en su casa. De hecho el antiguo nombre ?Sámanos? hace referencia al lugar habitado por una comunidad religiosa. Fue en el siglo VI cuando se asentaron en Samos, y en seguida se convirtió en parada obligatoria para los caminantes hacia Santiago. La llegada de los moros a Lugo lo condenó al abandono, aunque por poco tiempo. Porque ya el Rey Fruela I en el año 757 lo asigna a una comunidad de monjes que buscaban destino para la práctica de la vida monástica.
Tras años de vaivenes y situaciones difíciles, en el siglo XVI se lleva a cabo una reforma que será el inicio de una época de intensa actividad en la que ejerció incluso de Hospital Militar. A mediados del siglo XIX la situación política del país redujo de 37 a 3 los monjes del monasterio, con lo que el deterioro del edificio era cada vez mayor y el estado se lo entrega al ayuntamiento de Samos para ocuparlo en servicios públicos. Pero en 1862 la falta de fondos para su conservación lo devuelve a manos del estado, quien, a su vez, lo entrega al obispo de Lugo para convertirlo en una casa de misiones. De nuevo la situación política aborta estas perspectivas y tras 45 años de abandono, nueve monjes de Valladolid lo restauran y reconducen.
Hoy en día la edificación se conserva majestuosa. Una construcción sólida y austera, hecha en mampostería de pizarra, que combina diferentes estilos arquitectónicos, gótico tardío, renacentista y barroco. Cien mil metros cuadrados que se articulan entorno a dos claustros, el del Padre Feijoo, de mayores dimensiones y el de las Nereidas, de estilo gótico tardío que es uno de los mayores atractivos. El refectorio de estilo renacentista es una de las estancias más importantes en la vida diaria de los monjes, un lugar de almuerzo, silencio y oración. Durante el siglo XVIII los peregrinos podían tomar aquí la misma ración de comida de los monjes. La iglesia es uno de los lugares más visitados, quizás porque tiene trece retablos diferentes, una impresionante cúpula, luminosidad y grandeza. No podemos pasar por alto otras estancias como la sacristía, del siglo XVIII, o el Signo, que recibe su nombre de la señal que da el abad para entrar en la iglesia. La biblioteca perdió parte de sus ejemplares en un incendio, pero hoy en día sigue siendo un lugar de estudio y silencio para los monjes. El albergue de peregrinos llena el monasterio de vida y colorido. Muchos vienen tan solo a conocer el monumento, que significa espiritualidad, consejo y grandiosidad en los siglos de historia que impregnan cada rincón.


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