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Vilaboa, entre el Monte y la Ría

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Subimos a Cotorredondo para admirar la Ría de Vigo y comprender porqué muchos vigueses han venido a vivir a Vilaboa.

Una eco-ruta perfectamente señalizada, desde Marín, Moaña y Vilaboa, nos lleva hasta Cotorredondo, el mirador de la península del Morrazo, desde donde la vista alcanza dos Rías, la de Vigo y la de Pontevedra.

 
Clima atlántico para una población de casi 6.000 habitantes. Inviernos lluviosos y frescos y veranos cálidos con temperaturas cercanas a los 35ºC. Vilaboa, municipio residencial para muchos vigueses que han elegido este lugar en el que uno puede reflejarse en el espejo del Lago Castiñeiras, volar por la ría desde el mirador de Cotorredondo o desconectar del mundo en la isla de San Simón.
Todo esto y mucho más está en Vilaboa, ayuntamiento que engloba cinco parroquias pero que carece de centro administrativo si bien es cierto que desde hace muy poco se ha construido Casa do Concello y Centro de Salud alrededor de la Iglesia central, del siglo XIX. Esta plaza del ayuntamiento viene a unir, aunque sea de forma administrativa, los paisajes tan diferentes como el propio carácter de sus parroquias. De hecho, en este simulacro de centro urbano se unen en curiosa armonía, una iglesia decimonónica, un ayuntamiento de arquitectura práctica, un hórreo, un cruceiro y un peto de ánimas, vigilados desde un flanco por el ambulatorio al que se entra escuchando los avisos de misa.
Vilaboa hoy en día puede ser considerado municipio dormitorio, sí, pero es mucho más, hace ciento cincuenta años fue centro industrial de la zona; sin embargo hoy, de eso, sólo quedan ciertos vestigios difíciles de encontrar. Precisamente el ayuntamiento está rehabilitando la zona popularmente conocida como las Salinas que en realidad es la Banca de Cazó, en honor del ingeniero francés que compró esa marisma para explotarla. Aprovechando las subidas y bajadas de la marea y los restos salinos que allí quedaban se organizó un auténtico emporio que enriqueció a varias familias y dio trabajo a todos los vilaboenses. ¿Qué queda de todo eso? Prácticamente nada, al menos nada que esté a la vista pero si nos introducimos un poco en el bosque, a tan sólo un kilómetro de la Salina, tras un camino que es mejor hacer a pie, encontramos una antigua casa completamente en ruinas pero con una belleza decadente que hipnotiza al que se atreva a adentrarse en esta puerta al pasado, a un pasado lleno de riqueza, de propiedades ingentes, de personal de servicio trabajando en torno a esta enorme lareira. Piedras recubiertas por zarzas, hiedras y enredaderas pero no podemos negar que es algo digno de visitar y de recuperar.
Los habitantes de esta casa no reconocerían el paisaje de Vilaboa hoy, en los últimos dos siglos se ha producido un cambio gradual pero importante, manteniendo la identidad propia de las cinco parroquias. El lago Castiñeiras, compartido con Marín, es ejemplo de esto, conserva su belleza agreste pero ya cuenta con instalaciones adecuadas para que toda la familia disfrute sin riesgo de la tranquilidad de unas aguas rodeadas de bosque autóctono. Se ha conseguido mantener la flora y fauna a pesar de las constantes visitas que aún se sorprenden al encontrar un entorno tan natural tan cerca de varios núcleos urbanos. Y si seguimos subiendo nos encontramos con uno de los miradores más bellos de la comunidad, el de Cotorredondo desde el que disfrutamos de una vista general de todo Vilaboa, incluída la isla de San Simón, lunar entre el monte y la ría, refugio de enamorados y de amantes de la naturaleza.
Volvemos a bajar hasta el mar y tomando como referencia el puente de Rande, ejemplo puntero de la nueva arquitectura urbana con sentido práctico, llegamos hasta San Adrián de Cobres donde encontramos una bella iglesia románica, justo donde se situaba una fortaleza que defendía el estrecho y de la que apenas quedan restos. Este templo localizado a tan sólo unos metros del puerto fue testigo mudo de la Batalla de Rande de la que todavía circulan leyendas que se confunden con la historia. Y si con tanta vista al mar nos quedamos con ganas de bañarnos podemos ir a la playa de Vilaboa, la de Deilán, pequeña pero tranquila, casi una calita exclusiva para los de allí.
Vilaboa, cinco parroquias, clima atlántico para un municipio que ha cambiado sin molestar a sus vecinos. Los habitantes de la fábrica de sal que hoy visitamos casi a escondidas seguro que se sorprenderían al ver cómo su ayuntamiento ha crecido manteniendo sus valores.


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