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Los Jardines de Caldas

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Las aguas que atraviesan Caldas son también las culpables de que esta villa sea un auténtico vergel.

Sigamos el curso del río en busca de los espejos de este paraíso verde, que el Umia es consustancial con el paisaje de Caldas, al que aporta espacios para el ocio de belleza extraordinaria

 
El agua es el espíritu de Caldas. La villa gira en torno a ella, se puede encontrar una fuente el cualquier esquina, un trozo de río y un paseo para disfrutarlo.
Aunque el Umia es el que tiene todo el protagonismo. La ruta del agua no ayuda a recorrerlo, un paseo que comienza en la carballeira, con una duración de 5 kilómetros, hasta Segade, que nos lleva unas dos horas.
En invierno el río se disfruta así, contemplándolo, paseando sus orillas. Pero es en veranos cuando realmente la villa se transforma en la villa del agua. El paisaje del río muda completamente. La fervenza de Segade despliega todo su encanto, un espectacular salto de agua, que se desliza entre rocas hasta formar una sucesión de piscinas naturales. Completa la postal las ruinas de la fábrica de la luz y una interminable chimenea Pueden empezar aquí su recorrido fluvial. Los antiguos molinos se han rehabilitado y ahora son viviendas El río va llegando a la villa, se adentra a través de la impresionante carballeira que está en sus orillas. Las aguas que atraviesan Caldas son también las culpables de que esta villa sea un auténtico vergel. A finales de 1800 el ayuntamiento de Caldas compró la finca del Conde de Cabanillas, después se trajeron las especies que formarían el jardín del asilo y la escuela. Llegaron especies desde Brasil, un cedro del Líbano, un arce japonés, entre todos formaron el paraíso que en 1962 un consejo de ministros consideró paraje pintoresco.
La carballeira sirve hoy de escenario para los más jóvenes. El festival Cultura Quente llena el río de música y los jardines de bailes y risas desde hace ya diez años


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