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Embajadores de Galicia

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Huyendo de las grandes aglomeraciones y de la excesiva competitividad que se respiraba en Argentina, muchos gallegos quisieron probar suerte en Uruguay.

Llegaron los gallegos, de por sí hospitalarios, y se dedicaron a dar cobijo y comida... y consiguieron además, que esos negocios se convirtiesen en embajadas donde se ayudaba a los que seguían llegando.

 
En una ciudad pequeña como Montevideo, en la que los gallegos sobresalen en número, era fácil para los emigrantes reconocer a sus paisanos tras el mostrador de muchos hoteles y restaurantes. Un ejemplo, el Hotel Embajador, propiedad de tres lucenses, recibe directamente a todos los huéspedes de la embajada española ofreciéndoles salones de conferencias y reuniones y con todo el lujo que le otorgan sus cuatro estrellas. La misma categoría ostenta el Holiday INN, también en manos gallegas, ofrece 137 habitaciones de lujo, con derecho a sauna, gimnasio y piscina climatizada.
En restauración, uno de los nombres que suena entre los mejores es de gallegos. El Palenque es el rey del mercado del puerto y está rodeado de muchos locales de paisanos. En todos ellos se sirve la mejor carne a la parrilla sobre fuego de leña acompañada de sus achuras, chorizos y morcillas. Para beber, lo típico es el medio y medio, mitad vino, mitad champán, que se cuela tan ligero por la garganta, que enseguida pone a cantar a cualquiera. La última embajada que queremos mostrarles es uno de los mayores éxitos de Montevideo. El Chivito de Oro lleva 39 años sirviendo los mejores chivitos, unos bocadillos muy especiales inventados precisamente en este bar por un gallego y que ahora se sirven en muchos locales de todo el país.
Muchos años después, en el regreso, muchas de estas embajadas se trasladaron a nuestra Galicia. Los hoteles y las parrilladas con nombres alusivos a estas latitudes, comenzaron a abrirse, no porque fuese lo más fácil sino porque en verdad era lo que los gallegos habían aprendido a hacer fuera de su tierra porque lo que llevan dentro: hospitalidad, espíritu servicial y generosidad, son cualidades innatas en un gallego. Aquí, en Uruguay, en contacto con un país amable y desprendido, todo eso se multiplicó por diez y tuvo como resultado un éxito sin discusiones en el sector hostelero.


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