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Estaca de Bares

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Paisaje de Piedra y Mar.

La Estaca impresiona. Desde el aire y desde el mar. Incluso a los capitanes de los recios navíos a los que guía el viejo faro de Bares.

 
Navegan estos sobre el azul intenso, al compás de las olas, pintando paisajes de acuarela? Van y vienen? Se pierden en el horizonte como si huyeran de este mar de agujas. En algún punto de este este lugar marinero se halla la imaginaria línea que separa el Atlántico del Cantábrico. Ambos tienen aún acento gallego, cuyo eco se escucha en la costa verde.
Desde el Faro, la inmensidad es conmovedora y misteriosa. Las rocas de los acantilados parecen gigantes que emergen tras el baño en agua de sal pura, en la playa próxima. Playa en la que descansa el mar tras el trabajo de esculpir la roca con su fuerza plena. Piedra y arena. Pequeños espacios dunares. Balcones naturales. Paseos para respirar yodo y vistas panorámicas. Los dos mares confluyen pues en el espacio abierto, en este horizonte de azules, que recomponen la esplendidez del paisaje.
Desde aquí cada uno sigue su curso. Como los barcos: unos van a oriente y otros a poniente. Pero será el Cantábrico el creador del paisaje del éxtasis porque al otro lado del Faro, este mar infinito buscará, como las pequeñas gamelas, el refugio de la Ría. El Sor es el río que lo dulcifica.
Llega bajo puentes hermosos para ser testigo del regreso a buen puerto de los barcos pesqueros. Le llaman la Ría do Barqueiro y sin embargo, ya no hay aquí quien reme la barca que cruzaba este espacio de agua y arena. Pero creció el pequeño pueblo colgado sobre la ladera, como procurando la belleza de todo cuanto existe en estas mansas aguas. En él descansan aún las barcas y los imborrables recuerdos de tantas noches perdidas procurando la vida. Su sombra, sobre el agua transparente, es una especie de acto final: la misma calma nos devuelve la fantasía del mar, cuando llega, yace y se deshace en la misma playa, siempre en la misma playa.


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