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La Barca de Piedra

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La ría de Arousa es un mar de oro, refugio de la luz que incendia el cielo en cada atardecer.

Pero tiene más valores que ese paisaje de bateas de vida, mas aún que esas riberas en las que nace el marisco a flor de agua e incluso que la playa mansa de cada verano.

 
Porque este mar es la Puerta Atlántica de Compostela, la ría que navegaron, cuando desde Jaffa, trajeron a Galicia los restos de Santiago, el Apóstol. Esta de la Traslación fue una aventura que las crónicas cuentan como legendaria historia, que es la mejor forma de contar las cosas de la Fé. Porque algunas gentes interpretaron que aquella barca era de piedra, cuando en realidad era de madera, a la usanza de la época. Eso sí, podía haber sido uno de los mercantes que transportaban las "piedras" del oro y de los minerales preciosos, desde la Gallaecia hasta otros lugares del Imperio Romano. Así pues, la barca era "la que transportaba la Piedra", pero su casco no era pétreo. Siguiendo esa vieja ruta marítima, aquella barca penetró desde el Atlántico por la Ría de Arousa y remontó el río Ulla, por los establecimientos romanos de "Turris Augusti" para llegar hasta el puerto que el imperio ubicó en Iria Flavia. Aquí, en el occidente del entonces mundo conocido, -y según cuenta el Liber del Sancti Jacobi - se reencontró definitivamente, el Apóstol Santiago, con la Tierra donde había derramado el legado evangélico. La Ruta del Mar de Arousa tiene su fundamento en esta historia y conmemora todos los años la "Traslatio" con una festiva y vistosa procesión marítimo-fluvial que parte de los diferentes puertos arousanos con destino a Pontecesures y a Padrón.
Esta Ruta ofrece al navegante impresionantes paisajes marinos: Una costa rica en espacios naturales. Playas, calas, ensenadas y acantilados. Islas de ensueño habitadas por el hombre y también islas de soledad, que son el reino del cormorán. Puertos pesqueros de indudable pintoresquismo, que este es también un mar de riqueza, en el que cría y crece el mejor marisco del mundo. En resumen, un itinerario marítimo que añade a las cuestiones de la Fe los mundanos placeres de la navegación tranquila, por un mar en el que busca refugio la luz crepuscular. Esa luz de oro que hizo creer a los romanos que este era el mismísimo Finis Terrae.


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