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La Costa Bonita

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Un recorrido aéreo por la costa gallega

Les mostramos desde el aire, un paisaje de playas interrumpidas por acantilados de esculpidas piedras cubiertas, a veces, por la blanca espuma que envía la furia de las olas.

 
Volar es vivir. Y hacerlo sobre el mar infinito es además disfrutar. Imitamos a Ícaro y nos dirigimos al sol. Recorremos los mares gallegos que bañan costas ilusorias. Desde Ribadeo hasta el Miño. 1800 kilómetros para gozar de la libertad y conocer la costa a vista de pájaro.
Estamos en el extremo oriental de la provincia de Lugo. Playas que se encadenan unas con otras formando eslabones infinitos y un litoral erosionado por la fuerza del mar con originales formas como las que admiramos en la Playa de las Catedrales.
Foz y Burela colorean las aguas con puertos pesqueros, activos y dinámicos, pero esconden rincones para perderse en la naturaleza más pura .La ría de Viveiro es casi impresionista, desde el aire se aprecian las formas y colores de sus aguas. Alzamos el vuelo para contemplar islotes que antaño no lo eran, y que son casi siempre hogar de miles de especies de aves.
La de O Barqueiro es una de las más bellas ensenadas. Quedamos hipnotizados por el espectáculo: el rio, el estuario y Estaca de Bares. Una estrecha franja de tierra que separa los dos mares gallegos. Fuerte viento y mar crispada, los compañeros inseparables de este faro legendario.
Atravesamos acantilados esculpidos por un mar bravo y desafiante. Ortigueira es un oasis en nuestro recorrido, ria tranquila que dibuja en la tierra serpientes de agua. Dura poco el respiro. Os Aguillons desafían las leyes de la gravedad y apuntan al cielo defendiendo su espacio. La serra da Capelada incrusta en las marineras aguas los acantilados más altos de Europa. El horizonte marca una costa desgarrada por el oleaje.
La costa de tonos marfil y aires surfistas nos anuncian que nos acercamos a Ferrol, una perspectiva urbana muy distinta a la que hemos recorrido. Un mar conocido ya por los ártabros que lo visitaron y por ingleses que lo desearon. Atravesamos pueblos marineros, pequeños puertos de colores, y zonas turísticas hasta llegar a Coruña, donde nos saluda Hércules desde su torre. El litoral se hace más uniforme, aunque no menos variado. Puntas, pequeñas rías y ensenadas ondulan la franja costera.
La Costa da Morte está más viva que nunca desde esta perspectiva, pero va perdiendo su aspecto rudo para suavizarse con pequeños arenales y puertos que saben a mar. Un litoral castigado, pero desafiante que mira siempre al norte.
Historias y leyendas de naufragios y ciudades sumergidas aumentan el encanto de nuestro viaje, aunque pocos enclaves destilan tanto misterio como el Finis Terrae, irresistible, mágico y misterioso. Romanos atemorizados, poblaciones seducidas por la maravilla del infinito. Temido por navegantes pero ansiado por peregrinos. Nadie escapa al poder de atracción de este lugar donde la tierra termina y el mar casi duele.
Nos dirigimos al sur, en busca de la calma que apacigüe este desasosiego. La encontramos en las rías que adornan y alimentan, que regalan paisajes, marineros y vivos. La de Muros-Noia, la de Arousa, Pontevedra y Vigo son las Rías Baixas, donde se combinan panoramas rurales con horizontes urbanos, como el que marca Pontevedra o Vigo. Espectáculo cosmopolita, vital y dinámico enfrentado a la tranquilidad más absoluta, la del paraíso de las Islas Cíes.
La costa de la luz hace honor a su nombre, desde la veraniega villa de Nigrán. Es salvaje y abrupta, y nos conduce hasta A Guarda, donde el Miño nos espera para abrazarse con el mar.


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