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La Cosmovisión Gallega

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Hay millones de ejemplos que podíamos poner de aquel éxodo, que supuso lo más relevante de la historia de Galicia del segundo milenio.

Porque fue el hecho mas trágico pero también el que provocó la resurrección de la aldea, de la parroquia, de la pequeña villa.

 
Sobre el verde de los campos, caminaban el desequilibrio social y las bocas del hambre.
Tras las Cíes, desde la Puerta del Atlántico, se contemplaba el gran océano; atravesarlo era el único futuro posible.
Fue entonces cuando los abuelos emprendieron el éxodo en busca de la resurrección social de la aldea y por eso escribieron la historia en tierra ajena. Y así resultó el hecho más importante de la Galicia del siglo XIX y el más relevante fenómeno social de la primera mitad del siglo XX: la Galleguidad, que se extendió por el mundo motivada por la necesidad de emigrar en busca de la vida.
Esta cosmovisión gallega está llena de realidades, alguna leyenda y muchas fantasías, pero todos los relatos coinciden en la definición del emigrante gallego como un ser necesitado, aventurero, inteligente, emprendedor, solidario y muy trabajador. Por eso, en nuestro mundo de la Emigración hay más triunfos que derrotas, muchos mas éxitos que fracasos.
Podíamos contarles un millón de historias personales que nos conmueven por la grandeza de sus protagonistas: Son la crónica de aquel viaje de ida a lo incierto, el vivo retrato del miedo a lo ignorado, el íntimo sentimiento de ruptura con el hogar nativo. Y algún cuento de hadas de una escena con final feliz, la del viaje de vuelta, cuyo significado fue el de la luz que rompió la niebla, el triunfo, el poder económico en medio de un paisaje imposible.
La cosmovisión gallega es el fruto del esfuerzo en soledad. A veces, incluso perdido en la jungla.
Como Alfonso Graña, nacido en la aldea de Amiudal, en Avión, en 1878, que terminó siendo el rey de los jíbaros, en la selva del Amazonas. Allí llegó por la crisis del caucho desde Iquitos, en Perú, y allí se casó con la hija del rey cuyo trono heredaría. Aún vive en Avión algún abuelo que le recuerda cuando bajaba a la villa desde la selva, con un grupo de indios a los que "cortaba el pelo, paseaba en coche, llevaba al cine, compraba helados, ponía la radio o curaba sus heridas".
Otro gallego, nacido también en el Suido, se hizo piloto en Caracas para dedicarse al comercio de los diamantes. Iba a la Amazonía en avioneta y vendía el fruto de su intercambio con los indios a joyeros de medio mundo. Ahora vive en Vigo, en donde sigue volando, en sus propios aviones.
Francisco Pérez Insua, de Lobios, fue el hechicero de una tribu amazónica venezolana, en donde hay indígenas que hablan mejor el gallego que el castellano.
En este mundo de la universal galleguidad, hay chamanes, curanderos, sacerdotes de raras religiones, algún califa y muchos personajes dignos de un relato más amplio. Estos son solo algunos ejemplos de valientes aventureros que bien hablan del liderazgo gallego en América.
Se encuentran mas líderes en el mundo empresarial de las grandes ciudades, en donde los gallegos crearon riqueza industrial, básica en el desarrollo de países como Méjico, Venezuela, Argentina o Uruguay. La lista de nombres y apellidos es, en este capítulo, interminable. Lo mismo que la de los gallegos que eligieron la actividad política y llegaron a ser jefes de estado o ministros. Que aún quedan, hoy en día, apellidos de aquí, muy ilustres, en los consejos de los gobiernos latinoamericanos.
También hubo gallegos emigrantes engrandecidos por su creatividad, como Alejandro Finisterre, el poeta que inventó el futbolín. O Ramón Verea, de A Estrada, que inventó la calculadora en su exilio neoyorkino en el siglo XIX, hecho que tuvo entonces gran repercusión mediática.
La emigración gallega también estuvo protagonizada por intelectuales como Castela, escritores como Blancoamor ,artistas como Seoane o cineastas como Carlos Velo.
La cosmovisión gallega aún existe y su crónica la cuenta mejor que nadie el abuelo que ya está de vuelta. Él nos invita a recordar que, en las páginas de nuestra historia hay más de tres millones de abuelos a los que debemos nuestro actual estado de bienestar.


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