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El Mar de la Tranquilidad

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Posiblemente sea el Atlántico quien escriba el mejor guión del gran debate entre la vida y la muerte, en la costa de Muxía.

La costa de Muxía es casi toda ella bravía, de acantilado espectacular. A pesar de eso la costa está plagada de tranquilos arenales en los que disfrutar sin sobresaltos.

 
Si al otro lado las olas saltan por encima de esculpidas rocas donde se refugia el percebe, el espacio de la Ría se abre a la ternura del paisaje en calma, entre Muxía y Camariñas.Desde la embocadura, en la que se ve como el Cabo Vilano se enfrenta a las rocas de A Barca, y hasta el lugar que llaman Ponte do Porto, el mar va dejando de pronunciar sus palabras de sal para encontrarse con el río Grande.
La fusión de las aguas da origen a los espacios perfectos que se alcanzan navegando y desde tierra. Si navegamos admiraremos como se posa en el mar la imagen tranquila de las dos villas, la de Muxía y la de enfrente, Camariñas, mientras el faro Vilano se aleja de nosotros y el monte de O Corpiño se esconde.
A uno y a otro lado de la ría, hay momentos perfectos para disfrutar del otoño, puesto que empiezan a destacar en el paisaje los ocres y amarillos de los árboles, que inician su desnudez.
Si buscamos por tierra las playas gozaremos de la otoñal soledad, en el lugar fulgurante en el que solo las olas se atreven a romper el silencio. Es la playa del Lago la más emblemática de esta ría. Pero hay más. Pasear por Aríño o Area es hoy como dejar atrás un verano de multitudes sobre estas arenas.
La calma es la clave de estos paisajes. Caminando por la carretera de Muxía a la Ponte do Porto, la luz estalla hacia el sol iluminando el horizonte de agua. Sobre ella navegan algunas barcas marineras y un velero, cuya sombra sobre la ría nos envía la fantasía de la ola sobre la playa.
De regreso a Muxía, desde la playa del Lago, la policromía otoñal envuelve la tierra y la luz ya confunde cielo y mar, desde la atalaya donde nació la estirpe, allá donde los árboles cantan su canción final.


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