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La Diosa del Río

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La Diosa del Río es la lamprea. Por mítica y por sabrosa.

La lamprea es un ancestral ser, extraño, y de más antiguo origen que los propios dinosaurios, cuya existencia logró superar.

 
Los expertos cuentan que su historia extiende el tiempo a más de cuatrocientos millones de años, cuando la Tierra estaba poblada por criaturas nacidas del horror de los divinos errores. Aunque la lamprea es, para sus devotos, el mejor fruto de la inspiración de la diosa Naturaleza, capaz de crear tal obra de arte. Es un pez sin escamas ni aletas ni dientes.
Cuenta la leyenda que los nobles de la Roma pagana alimentaban a sus lampreas en sus viveros, arrojándoles esclavos vivos. Tal vez esa crueldad se dice porque la lamprea es una especie de vampiro acuático, es hematófaga.
Hay, en torno a este pez, cuentos mil contados por mil fabuladores. Como Torrente Ballester que llegó a escribir que las lampreas del Baralla eran de mayor calidad cuanto mayor era el número de personas que se habían ahogado en ese río. Aunque para Cunqueiro la lamprea era, simplemente, la Reina del Río. Y tal vez por ser reina enamoró tanto a aquel rey inglés, Enrique I, que murió de una indigestión.
La lamprea llega a las aguas dulces, desde cualquier océano, para entregarse al amor, que es su morir. Perece en brazos de Eros, para concebir; o en la cazuela de barro de la experta cocinera que aún conoce los secretos de la receta romana. Así es. La lamprea remonta cada invierno el río para seguir el ancestral rito de la muerte y de la vida. Y hasta que la primavera avance, no cantará el cuco el final de cada ciclo, cada año, como hace millones de años.


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