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El Camino Inglés en Cambre

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La ruta del lago de Cecebre y el bosque de Lubre.

El bosque lo animó para la Literatura universal Wenceslao Fernández Flórez y el lago es el espejo del paisaje de Cecebre.

 
El bosque inspiró su mejor obra a Wenceslao Fernández Flórez. El río Mero aún mueve molinos recuperados para la curiosidad del hombre. Y el lago es el espejo del alma verde de la tierra de Cecebre. Estos son los tres espacios naturales de los que presume Cambre, pese a sus urbanizaciones y a su carácter de ciudad periférica.
El bosque es una fraga, la conocida como de Cecebre, que el gran escritor describió como un lugar animado:
"Cuando un hombre consigue llevar a la fraga un alma atenta, vertida hacia fuera, en estado -aunque sea transitorio- de novedad, se entera de muchas historias. No hay que hacer otra cosa que mirar y escuchar, con aquella ternura y aquella emoción, y aquel afán de saber, y aquel miedo de saber que hay en el espíritu de los niños. Entonces se comprende que existe otra alma allí... infinitas almas... que está animado el bosque entero."
Puede que en Cecebre aún animen el bosque los pequeños duendes que ahora en otoño habitan bajo las setas, crecidas en este tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra. Un poco mas allá, sin embargo, está el lago de las mil emociones, habitado por peces que se dejan pescar en Vilagudín y aves que estos días descansan solo para huir del invierno, ya próximo.
El lago es en realidad un viejo embalse, pero su forma confunde y el pescador se deja confundir por esa calma húmeda que envuelve su refugio, un espacio para la vida tranquila, sosegada. Cecebre es el lago de la sana fragancia que emerge del agua resplandeciente. La calma que nos aleja de la ciudad cercana.
"Los hombres podían mirar sin fruncir los párpados, a ojos llenos, en aquella luz deliciosa, y hasta los más pequeños detalles de la lejanía se revelaban en la diafanidad y la plenitud diurna: los montes que cerraban todo en derredor -como los bordes de un vaso- el verde paisaje, y todas las cimas y los altibajos de aquella comarca sin llanuras, de cuestas suaves, de rincones imprevistos, de recodos constantes, por cuyo fondo el Mero marcha lentamente hacia el mar, bajo un palio de árboles".
Es el río otra vez el que dibuja los tranquilos rincones del paisaje para llegar a Peirao y seguir moviendo molinos.
"Aquella tarde, tío Pedro se fue por la orilla del río hasta el molino que hay más acá de Lema. (...) Había varios mozos sentados en los banzos enharinados, bebiéndolo en tazas, como se acostumbra. El novio de Gudelio estaba también, y unas mujerucas que se fueron cuando les entregaron su trigo molido, con prisa de no encontrar en el camino la noche que se avecinaba".


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