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Hora Mágica en el Mar de Piedra

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Viajamos de Baiona hasta A Guarda la ruta de los acantilados de Oia.

Les invitamos ahora a vivir la hora mágica en la costa donde el mar esculpe las rocas, para convertirlas en otra obra de arte de esta Naturaleza viva que admiramos.

 
Un faro que comienza a iluminar el final de la tarde. Grandes olas cubriendo de espuma blanca, refulgente, rocas multiformes a lo largo de todo el trayecto. La campana del monasterio, en silencio, en el contraluz de la torre. El sol raso que torna de oro el océano. Miles de aves entrenándose al paso de los barcos, allá en el horizonte.
Es parte del espectáculo que alcanzaremos encaramados al mirador de A Valga, hasta donde llegamos con facilidad por Mougás, desde Oia. Perseguimos la hora mágica desde este espacio natural protegido, que se extiende entre Baiona y A Guarda, con el atractivo inmenso de sus panorámicas atlánticas y el telón de fondo del gran río. Porque, por el sur, A Valga mira frente a frente al Tecla de los celtas, que a su vez contempla, el fantástico estuario del Miño y al otro lado el mismo mar incendiado de atardecer que buscamos. Y se funde por el norte, mas allá del curro de los caballos vagabundos, con la Serra da Grova, que ya es Baiona, la de la Virgen de la Roca.
Entre el Tecla y A Grova, el agua nos invita a seguir su trayecto para prorrogar la estética de la hora mágica. Primero cuando baila bajo los abetos hasta llegar a su poza de Mougas, donde se convierte en el espejo del bosque frondoso. Luego cantando su sinfonía de olas sobre las rocas próximas al sagrado monasterio. Y finalmente, descansando el viaje en la inmensidad del Atlántico. Aquí, tocando el cielo desde A Valga, prevalece la estética del agua, porque crea un perfecto oasis de paz en el entorno monástico de Oia serenando la hora final de cada tarde.
Es el momento mágico en el que se va oscureciendo el tapiz verdoso de la tierra mientras la última luz proporciona irrepetibles colores al cielo. Sobre la bruma azul ya el tímido sol matiza la perspectiva marinera para que las aves huyan del mar y los pájaros callen, mientras humanas almas y también las vegetales del bosque atlántico, contemplan como se pierde el horizonte en el mar de los infinitos azules.
Esta es la hora mágica. El crepúsculo con su transitoria fantasía de luz. La hora en la que el astro rey se quiebra a lo lejos para penetrar en el agua e incendiar, definitivamente, el mar.


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