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Quiroga: los espacios naturales.

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El país de los mil ríos

¿Por qué no descansar del coche y tomar un tren? Desde la estación de San Clodio y en dirección a A Rúa, el ferrocarril discurre por un balcón privilegiado sobre el afamado cañón del Sil, el río del oro. Nos convertimos así en espectadores de excepción de uno de los paisajes emblemáticos de Galicia.

 
El viajero hallará inevitable que su vista quede atrapada por el curso del río, por sus cambios, sus movimientos, y a la par, por el corte vertiginoso de la tierra. Pero el Sil es mucho más. Si lo navegamos, nos parecerá otro río diferente, sin salirnos del mismo lugar. Otra morfología nos encontramos a la altura de Augasmestas, donde el Lor acude tranquilo y mesurado a cumplir con su destino, unirse con el Sil. En este lugar, famoso complejo vacacional, un invierno a punto de finalizar nos ofrece su cara más amable.
En el país de los mil ríos, el valle de Quiroga goza de una bendición especial. En esta tierra, son varios los senderos de agua que dibujan su maravilloso trazado. Y, para muestra, el río Quiroga, que baña y da nombre al municipio. De nada menos que de las tierras de O Courel provienen estas aguas rápidas y valerosas. Sino hermanos, primos deben ser el Quiroga y el Soldón, que también nace en nuestro paraíso natural de montaña: la Serra do Courel. Siguiendo la llamada Ruta de la Miel y del Aceite discurriremos en paralelo al cañón que forma el río. Y sólo con tomar la carretera disfrutaremos de un paisaje espectacular: la montaña. Es realmente sobrecogedor detenerse ante estos gigantes, surcados de infinitas arrugas que atesoran la memoria de las piedras. Delante de estas figuras que desafían al tiempo y a la gravedad, todo empequeñece. Uno hasta llega a sentirse esa milésima parte de un universo que nunca el hombre llegará a conocer en su totalidad. Aquí las sombras y los colores de este invierno nos sorprenden con un recital de formas y figuras. Incluso la lluvia se pone de nuestro lado y embellece todo lo que ven nuestros ojos. Y así, en medio de tanta maravilla, llegamos a la aldea de Paradapiñol, que el viajero descubre casi suspendida en el valle. Es una visión que uno identifica con el paisaje de los sueños. La carretera nos lleva a Rugando, otro lugar de ensueño. En este remanso el río se pone a nuestra disposición para procurarnos el mejor descanso. Sus piscinas naturales, al lado de un viejo molino de agua, son una invitación a disfrutar de la vida. El camino sigue, camino infinito como todos. Los nobles castaños franquean nuestros pasos, porque, más allá, O Courel espera.


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