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Cambados, la Villa Real

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La Villa de Cambados rodó de mano en mano sirviendo con lealtad a todos sus dueños.

Cambados ciega de piedra bien trabajada, ciega de historia entretejida con buenas y malas artes, con gracia y elegancia más propias de una importante corte que de una villa marinera que hasta en su nombre lleva el agua.

 
Existen diversas hipótesis: los que prefieren sostenerse en las raíces celtas dicen que viene de Cambra-cune, los otros se inclinan por una unión entre Cam, lago y Bados, Casa.
La Casa del Lago se remonta a los siglos V y IV antes de Cristo. Hay 62 hachas de bronce que han permanecido ocultas en la desembocadura del Umia para poder revelarnos ahora que los celtas estuvieron aquí. No todos dejaron un legado tras de sí, de los fenicios sólo queda un rastro de codicia. Se aprovecharon de la riqueza de las salinas, explotaron el cobre y también el estaño. La deseada Cambados rodó de mano en mano y sirvió con lealtad a todos sus dueños. Fernando II, rey de León le concedió el título de Muy Real Villa en 1170. Gelmírez no dudó en comprarla. La incorporó a su imperio y la defendió con una atalaya. La Torre de San Sadurniño no fue ninguna locura del arzobispo guerrero, pues, gracias a ella, a partir del siglo X, Cambados pudo defenderse de los saqueos de los vikingos y de los ataques de los musulmanes. San Sadurniño protegía al pueblo de Cambados y hacía cada vez más fuerte a la iglesia. Los religiosos predicaban entonces el temor de Dios entre las pobres gentes. Muchos siglos después la ira del Nazareno se despachó a gusto con los tres borrachos que profanaron su imagen en la Capilla del Hospital, en donde tantos enfermos encontraron alivio en tiempos de la peste. La fe mueve montañas y San Francisco fue capaz de reunir a su alrededor un buen número de monjes en el convento franciscano que dejó de existir en 1835. Ahora es la iglesia parroquial de Cambados. La capilla de Santa Margarita es lo único que queda del antiguo pazo de los Abraldes destruido en el siglo XVIII. Los pazos son el gran capítulo de las pasadas grandezas de un pueblo pobre, hidalgo y soñador, como cantó el poeta. El de los Ulloa tiene mucha historia y un escudo inclinado por la promiscuidad de su dueña, doña María de Ulloa, de la que se dice que llegó a tener seis amantes oficiales y varios hijos bastardos. Algunos de estos elegantes palacios han adquirido hoy nuevos usos. En el de Ulloa se rueda una teleserie, el de Bazán se ha convertido en Parador Nacional de Turismo y el de Montesacro, alberga hoy el asilo de ancianos, por disposición testamentaria del último marqués dueño de la casa. Pero el pazo representativo de la villa es el de Fefiñáns, un armonioso conjunto de plaza y palacio que fue construido en el siglo XVII por el entonces embajador en Rusia, don José Pardo de Figueroa. Valle Inclán conoció este vetusto conjunto siendo niño y causó en su pequeño ánimo una impresión tan profunda que muchos años después, de vuelta en Galicia, se instaló en esta casa. Fefiñáns fue para él, como lo es hoy para nosotros, un remanso de paz y de color, bajo el cielo siempre azul de Cambados, donde todas las cosas son cerca y lejos, rotos los lazos del lugar y de la hora. Marchita y deslucida, la torre del Homenaje sobrevive atrapada con su leyenda entre las enredaderas del olvido, pero en la plaza nadie se acuerda de ella. Bastante hay con admirar las dos elegantes torres churriguerescas de San Benito, el preludio de un templo bellísimo que guarda en su bóveda un inesperado secreto construido a base de diminutas piedras y formidable trabajo. El Palacio de sus Vizcondes es un grato y continuo ritornello a la Galicia señorial en la mente soñadora de don Ramón; el elegante arco que une palacio y huerta es como una invitación a pasear por regiones de duendes. El panorama espléndido, amplio y luminoso que se divisa desde allí es visión nostálgica de un porvenir, enmarcado por las brumas legendarias del pasado.


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