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Cuenta la historia

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En Moaña el hombre ha ido dejado huella desde los tiempos más remotos.

Los primeros habitantes de Moaña eran profundos creyentes que construían sus monumentos funerarios en pequeñas llanuras en lo alto de las montañas.

 
Allí enterraban a sus muertos y les hacían acompañar de todo lo necesario para una mejor vida en el más allá. Bajo el dolmen de Chan de Arquiña se encontraron unas piezas que ahora se conservan en el Museo de Pontevedra, desde puntas de flecha y hachas datadas sobre el 3000 antes de Cristo hasta cerámica campaniforme del 1800 antes de Cristo. También hay espadas que sirvieron, durante las Edades del Hierro y del Bronce, como símbolos de ostentación social a los que habitaban los castros de la zona de Meira. Sobre alguno de aquellos castros se edificaron castillos en el medioevo. Hoy son sólo fantasmas con nombres como el de la Torre de Meira, que los Irmandiños dejaron reducida a vestigios difícilmente reconocibles. Mejor fortuna ha tenido el Pazo del Rosal, sobre todo desde que ha pasado a manos de un particular decidido a recuperarlo. Con muchos añadidos y modificaciones esta gran casa ha logrado sobrevivir al paso de los siglos y hoy es el único heredero de la nobleza y la hidalguía que encontramos en Moaña. Desde el siglo XV se lo fueron pasando de mano en mano los Romay, Saavedra, Deza, Falcón, Valladares, Silva, Lanzós y Soutomaior. Lo cierto es que en la Edad Media, toda Moaña estuvo muy vinculada a la Casa Señorial de Soutomaior, que ejercía jurisdicción sobre la parroquia de Tirán mientras la Casa de Valladares lo hacía sobre la de Meira. Moaña, como los demás pueblos que rodeaban la Ría de Vigo, se vio envuelta en el gran combate naval de Rande. Los galeones han dejado sus tesoros hundidos en el fondo de la ría durante siglos. Recuperarlos es como cerrar una herida, no sólo por su valor perdido en el fondo del océano, sino porque están manchados con la valerosa sangre de más de dos mil valientes que murieron en una lucha feroz contra los endiablados piratas sajones. Muchos de ellos eran de Moaña y no sería aquella la última vez que tendrían que empuñar las armas. Cien años después, en 1809, las parroquias moañesas lucharon fieramente contra los franceses para recuperar su independencia. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de tratar con las gentes del Morrazo sabe que son, en general, personas muy celosas de su libertad, batalladores enérgicos en busca de justicia, gente que no se deja pisar fácilmente y que desde siempre ha protagonizado revueltas y protestas, segregaciones y disputas que son la muestra de una actitud permanentemente insatisfecha y de una firme resistencia frente al mundo.


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