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Primavera en el Mar de Galicia

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La vibrante geografía marinera nos permite aún el asombro por la hermosura de las islas y los misterios.

Dos mares que sienten ya en primavera el placer de besar una y otra vez la playa abierta, para brindarnos la paz de sal elemental de este espacio de arena.

 
Nos interesa hoy, especialmente, lo que hay bajo el agua azul vibrátil que rodea las Cíes, las antiguas Ficas: Un paisaje submarino de belleza ilimitada que marca las fronteras entre las islas y la costa de la ría de Vigo. Este es el refugio del pulpo y de la nécora y de los demás mariscos y pescados que suponen la mayor riqueza del medio marino gallego. Pero, viajando a las profundidades, entre Cíes y Cabo de Home o entre Ons y A Lanzada, descubriremos las huellas de un mar, a veces difícil, en el que se hundieron un centenar de barcos. Catorce de ellos eran galeones y supuestamente traían a bordo un gran tesoro fruto del expolio y la conquista de América. Se hundieron en septiembre del 1702 con joyas y abalorios que algunos expertos calculan de un valor superior a los 50.000 millones de euros. Algunos de esos galeones, pero sin nada que confirme el dato de dicho tesoro, han sido descubiertos en el estrecho de Rande, entre el puente y la illa de San Simón. Dicen que a bordo viajaba el conde de Moctezuma, José Sarmiento, delegado real en Nueva España, que había nacido en Redondela. Al parecer, a él se debió la orden de esta maniobra que resultaría fatal, ya que no hubo supervivientes tras la mayor batalla naval de la historia.
La de Ons es playa abierta al visitante y la Onceta cueva misteriosa que invade la espuma blanca. Bajo sus aguas también hay restos de cien naufragios, pero esta vez sigamos la imaginaria luz del viejo faro cuando encara la centenaria capilla de Nosa Señora de A Lanzada, la que cura los meigallos. A Lanzada es playa ancha y larga que baña el mismo Atlántico, y sistema dunar recuperado y protegido. Punto de encuentro de las aves viajeras, que buscan refugio cuando florece la primavera. Paseo de salud contemplando las mareas y escuchando las voces del mar. Las mismas voces de olas que se deshacen en la arena. Una y otra vez, conciliando la luz contraria, que es la que aquí nos llega desde América. Aunque los dos mares envían sus azules a más de doscientas y muy gallegas playas interminables, a cada cual más bella, como la de A Lanzada. Este otro lugar, por ejemplo, es uno de los espacios míticos de la Galicia mágica, todo un símbolo visible desde la tierra y el océano. Un monte, al que encaramarse, una laguna para mirarse en su espejo y una playa que caminar despacio, jugando con las olas que van y vienen, otra vez y una.
El monte Louro en sí es un espacio natural al que debemos ascender para disfrutar del paisaje, pero además, su origen se data en el pleistoceno, esto es hace dos millones de años. Quizá por ello surja siempre la duda en torno a la leyenda bajo la laguna das Xarfas, provocada por la desembocadura del pequeño río Longarela y rodeada por un cinturón de pequeñas dunas donde juegan en primavera, entre otras especies de aves, patos, garzas y alavancos. Por las leyendas que esconden el monte y el lago, la orilla virgen del océano encara un horizonte de misterio, pero será su belleza y su blanca arena la que nos ensimisme al sentarnos frente a este mar de Area Longa, principio de la llamada Costa da Morte. Sin embargo, preferimos como final de esta marina primavera de colores, la ruta del Mar Cantábrico. Este paisaje de absolutos silencios es una cadena de luz con sombras. Pero cuando el sol va hacia el poniente y deja sobre el mar su último rayo, es cuando se escucha la música de la naturaleza perfecta. Es ese el momento en que el Faro, majestuoso, ilumina Os Aguillóns con intermitentes luces que marcan la fusión de dos mares. Saltan las olas por encima de las rocas esculpidas y el paisaje llena todo el espacio que alcanzamos con los ojos. Estos son los espacios que procuramos para abrir el mar a la bravura del paisaje. Principio de una costa que es roca y arena; y espuma blanca que producen las errantes olas. Piedra esculpida por el batir del agua cuando el Cantábrico brama arte en este lugar que configura la playa del delirio, el fulgurante lugar donde nacen las palabras de sal de los poetas.


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