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El mar de Lugo

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No admitimos Lugo como provincia de interior.

A esos concursantes despistados que todavía no han visto bien el mapa de esta parte del Cantábrico, les ofrecemos hoy una costa diferente: más salvaje, más virgen, menos cálida pero aun por descubrir.

 
Desde Bares hasta Ribadeo la costa de Lugo ofrece rincones esculpidos por el viento durante siglos: auténticas catedrales convertidas en playas tan inaccesibles como atractivas, arenales amplios donde nuestra toalla está bien lejos de la del vecino, pero también playas más bulliciosas como la de la Rapadoira en Foz, acantilados de vista sobrecogedora a 620 metros sobre el mar, “aguillóns” surgidos de las profundidades del océano, puertos fenicios donde contemplar entrañables estampas de marinos preparando sus embarcaciones en arenales de aguas increíblemente azules y transparentes o rías privilegiadas para hacerse a la mar. Nosotros hemos escogido la de Viveiro. Partimos de su puerto a bordo del Santiago Apóstol, un buque escuela que soltó amarras en 1999 con el único destino de enseñarnos a conocer el mar. Embarcarse en el Santiago Apóstol es como hacer estudios universitarios a bordo. Hay mucho que aprender del mar y a veces no hacen falta palabras. La simple contemplación de los paisajes de esta ría de Viveiro es una lección que no olvidaremos al salir a mar abierto y encontrarnos frente a frente con un Cantábrico menos pacífico de lo que la ría puede dar a entender. Preferimos aplazar esa cita. Nos acercamos eso sí a la isla Coelleira. Es fácil imaginar que debe su nombre a los miles de conejos que corretean por ella y que según la tradición pastan la hierba de la fertilidad que crece en la isla. Desde que se quedó desierta se ha convertido en una de las mejores reservas de aves de Europa. Quién sabe si los conejos y los pájaros no serán los templarios que la habitaron en la antigüedad hoy reencarnados en pequeñas criaturas de fácil reproducción después de que Felipe el Hermoso los persiguiese casi hasta el exterminio.


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