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Caldas, Villa Jardín

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La villa de Caldas de Reis tiene lugares evocadores capaces de transportarnos a mundos exóticos.

Un vetusto y centenario roble todavía recuerda la excitación y el alboroto que se vivía en Caldas allá por el año 1883. Él ya estaba allí cuando todo aquello sucedió y si los anillos de su tronco pudiesen hablar nos contarían año por año la biografía de ese precioso jardín centenario y de su carballeira.

 
Nuestro anciano roble recuerda por ejemplo que en aquel entonces 25 mil pesetas fueron suficientes para comprar al Conde de Canillas su enorme finca. Después, el ayuntamiento proyectó el asilo y las escuelas, se eligieron las especies botánicas para el jardín y empezaron a llegar nuevos vecinos. Algunos venían de cerca, como los robles nuevos que se colocaron en hileras casi perfectas, pero otros habían atravesado océanos y continentes para llegar hasta Caldas. Estaba, por ejemplo, la gran araucaria que había venido en un barco desde Brasil, otro cedro muy alto llegó del Líbano y las doradas hojas del arce japonés habían dejado las islas niponas para instalarse en esta pequeña Babelia del mundo vegetal. En poco tiempo el jardín se convirtió en lo que todos habían soñado: un paraíso natural donde perderse en las tardes de sol. Un paraje pintoresco a título de un consejo de Ministros de 1962. Lo disfrutaban tanto los de Caldas como sus visitantes que llegaban cada verano a la villa para tomar las aguas. Imagínense aquellos momentos de esplendor a comienzos del siglo XX: las recatadas jóvenes de entonces, los mozalbetes que las cortejaban, los bebés con sus amas de cría, los señores y señoras importantes. En el jardín había un rincón para cada uno. Pero el parque no estaría completo sin el río y su paseo. En dónde se reflejarían si no los presumidos arces de la pradera fluvial, y hacia dónde mirarían los que se sientan sobre los escalones del mirador. En ese lugar se tejen las historias diarias de muchos vecinos. Algunos todavía recuerdan los tiempos en los que la carballeira era el campo de la feria. Hoy la romería más grande que se celebra en ella es la de San Roque. En el Paseo de Los Tilos se entretienen los jóvenes del instituto a la hora del recreo y mientras descansan sobre sus hermosos bancos, las altísimas criptomerias escuchan sus conversaciones e incluso sus pensamientos. El magnolio refresca con su sombra las charlas del verano. La cunninghamia es una solitaria empedernida que se limita a apuntar hacia el cielo, lo que le ha valido la crítica de las azaleas que piensan que es una engreída. Este jardín está en el álbum de fotos de las bodas, bautizos y primeras comuniones de los vecinos de Caldas. Muchos han vivido en él los momentos más inconfesables de su vida o quizás los más emocionantes. El enorme eucalipto con pie de elefante habrá sido testigo de infinitas conversaciones de amor mantenidas sobre el balcón del Umia. Aunque en el pueblo se dice que el jardín más romántico es el del balneario Dávila, un cañaveral precioso capaz de transportarnos a mundos exóticos donde imaginar las historias más sugerentes. En los alrededores de Caldas hay todavía otro lugar evocador: la impresionante panorámica desde el Monte Xiabre, desde donde nos sentiremos como dioses capaces de coger con la mano todo el valle del Salnés y la Ría de Arousa.


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