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Mar interior.

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En ocasiones el río es casi un mar interior, navegable y creador de extraordinarios espacios naturales.

En su curso medio, el Miño, el río más importante de Galicia, viene a descansar en las hermosas tierras de Ribadavia y Arnoia, para después introducirse en la comarca de A Paradanta primero y O Condado después, y ya finalmente dar nombre al Baixo Miño hasta el mar.

 
En estos lugares que transitamos el río se vuelve navegable. Así, por ejemplo, llegar por esta ruta fluvial al balneario de Arnoia es el mejor principio de una estancia para curarnos de todos nuestros males. El termalismo ha dejado de ser una opción de ocio esporádica para abrirse a todos los públicos, que además suelen repetir la experiencia. En Arnoia decidimos embarcarnos en el catamarán propiedad del ayuntamiento de Crecente. El barco cubre desde hace unos meses este Miño convertido en mar interior por obra del embalse de Frieira, al final del recorrido. En total, el catamarán cubre un trayecto de unas 10 millas náuticas, alrededor de 20 kilómetros. Un viaje que dura algo más de una hora y que está lleno de sorpresas. Todo comienza en la desembocadura del Arnoia en el Miño, todavía en la provincia de Ourense. No hay más que tener los ojos abiertos y mirar a ambos lados. El agua, una garza o espejos que atrapan los colores del cielo. Un puente señala el comienzo de la provincia de Pontevedra, y, por tanto, el ayuntamiento de Crecente, al que pertenece este margen. En el otro, nos encontramos con aldeas como Meréns encaramadas en lo alto de este cañón impresionante habitado en muchos lugares por viñedos. No se puede resistir la tentación de mirar atrás, por más que a cada paso ocurra algo que nos reclame. En su sinuoso trazado, que serpentea suavemente, el Miño crea pequeños recodos en donde guarda sus secretos. Llegamos a la altura de Filgueira, y adivinamos la silueta del muy cinematográfico puente del ferrocarril. Y es que se hizo famoso a través de la película “La ley de la frontera”, de Adolfo Aristarain. Pero, en realidad, no es el único rincón de cine. Como un barco anclado en el Mississippi descubrimos el balneario de Cortegada. Su arquitectura nos traslada en la memoria hasta principios del siglo XX, aunque data de los años 50. Reemprendemos nuestro viaje bajo la mirada estática del “coto das penas”, donde, cuenta la leyenda, muchos venían a poner fin a sus tormentos. Volvemos a la realidad. Nos saca de nuestro ensueño un tren que pasa, otro rasgo de humanización en este paisaje que se dibuja con trazos diferentes en cada curva, ladera, perspectiva. Y así alcanzamos nuestra parada en el salto de Frieira en donde nos bajamos del catamarán agradeciéndole este maravilloso paseo.


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