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La Villa Blanca

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El entorno urbanístico.

Después de haber pasado por Ribadeo, Lourenzá, Mondoñedo y Abadín, el peregrino que viene siguiendo el camino norte entra en Vilalba por la Ponte Vella de Martiñán.

 
Preciosos senderos arbolados son como un pasillo de bienvenida. Falta muy poco para llegar a la Villa Blanca. El camino entra en Vilalba por la Porta da Cima, una de las puertas de la muralla que cercaba la villa en tiempos del señorío de los Montenegro y los Andrade. Aquí comienza la visita a la zona más emblemática de Vilalba, con esa arquitectura típicamente inmaculada. En medio de tanta blancura, se yergue orgullosa la torre del homenaje del antiguo castillo de los Andrade. Esta villa surgió al pie de aquel castillo, convertido hoy en un flamante Parador Nacional. Vilalba ha sido desde siempre lugar de paso de peregrinos y viajeros procedentes del norte de España. Al llegar aquí bebían en una fuente que unos llaman “de la carretera” y otros “de la Pravia”, precisamente porque al otro lado de la carretera se encuentra el arce centenario que ha sido uno de los símbolos de este pueblo. En la misma plaza de Suso Gayoso, la Casa de Cultura alberga un museo de arqueología y prehistoria. Es una de las múltiples alternativas culturales que ofrece Vilalba. El centro multiusos alberga un conservatorio y un auditorio municipal que cuenta con una programación semanal estable de música, teatro y danza desde octubre a junio. El arquitecto César Portela tuvo el acierto de utilizar materiales de la zona que se integran perfectamente en el entorno. Lo mismo sucede en el resto de la villa. Uno puede sentarse en la vieja alameda o en la Plaza de la Constitución que queda un poco más arriba y tener la sensación de disfrutar del mismo espacio. Con los comercios pasa lo mismo, los nuevos se mezclan con los de siempre, que, francamente, son los que nunca deben faltar en la ruta del peregrino. Este recorrido es solo una pequeña muestra de lo que encontrarán en Vilalba. Todavía queda mucho por ver. Así que lo mejor será dejar la mochila en el albergue, por cierto uno de los más modernos y mejor equipados de Galicia. Ha caído ya la noche y mientras la torre y la luna se susurran nocturnidades, nuestro peregrino busca una taberna donde beber una taza de vino al calor de un buen fuego de lareira.


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