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Las riberas del Cabe

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El río Cabe es la columna vertebral del municipio de Monforte.

Hay lugares en nuestra memoria a los que no podemos renunciar, porque son lugares heredados, aguas que avanzan silenciosas sin preguntar.

 
El río dibuja ondas y los remolinos llevan las caras de todos los que se han mirado en estas aguas. Aguas salpicadas de cicatrices, aguas exhaladas en el interior de la tierra, sumidas en el reflejo de lo que no se puede abandonar. Filtran la voz que a veces se escucha al amanecer. Fluyen en un laberinto de hojas secas arrastradas por el viento, empujadas por el otoño, obligadas a formar parte de esta alfombra de ocres y dorados, de este contraste magnífico que nos ofrece las mejores imágenes del año y a cambio se lleva el buen tiempo, el verdor y la frescura, y nos deja huérfanos de sol a media tarde, agazapados bajo los árboles, paseando por la ribera, donde dos viejos creen volver a enamorarse. Ni siquiera ellos recuerdan los tiempos en los que las aguas del río Cabe templaban el acero como ningunas. Corre la leyenda de que la espada de Aníbal fue forjada en ellas. En este río había muchas cosas, truchas sobre todo. Hoy ya no se puede. Es un coto vedado de pesca. Desde Rivas Altas hasta bien pasado el pueblo no hay quien pesque, pero los paseos siguen siendo hermosos. Los puentes y las pasarelas comunican las orillas, las unen y las separan al mismo tiempo, como si fuesen muelles que ceden. Desde el puente romano, que en realidad es medieval, se ven todos los demás. Hacia el norte, el club fluvial de Monforte espera callado a que vuelva el verano y el río se llene de gente otra vez. En agosto, todos se apuntan al descenso y bajan nadando como los cisnes y los patos pero sin tanta gracia. Estos han nacido aquí y se deslizan sobre las aguas mansas sin ningún esfuerzo, aprovechando los rápidos y sorprendiendo a los paseantes con improvisadas coreografías. Hay otra cosa que le falta al Cabe además de las truchas. Los Pocillos. Ya no están. Se han secado y nadie sabe porqué. Ahora sólo queda este pequeño recodo de alegría y unas cuantas islas que forma el Zapardiel, un afluente caprichoso que en vez de entrar derecho, viene dando rodeos pero que al final se entrega, igual que el Cabe se echará en brazos del Sil cuando le llegue el momento.


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