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La ciudad es un museo

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Los momentos más álgidos de Monforte los escribieron los Señores de Lemos.

Si Monforte se cruza en su camino, de paso hacia cualquier lugar, deténgase a visitarlo. Indague en su historia y entre en sus museos. Tendrá la agradable sensación de haber descubierto un secreto que muy pocos comparten.

 
La colina de San Vicente ha sido testigo de sus grandes episodios. Los celtas Lemavos la convirtieron en su Castro Dactonium y dejaron como legado el nombre de Lemos, que en céltico quiere decir tierra fértil. Pero los momentos más álgidos de Monforte los escribieron los Señores de Lemos. Ellos fundaron la ciudad medieval gracias a la generosidad del Conde de Galicia Ramón de Borgoña. Comenzaron así la saga de los Castro, grandes apasionados de las artes y generosos mecenas como Pedro Fernández de Castro, que apoyó, entre otros muchos, a Cervantes. No fue el único. Todas las piezas de este museo de arte sacro que encontramos en el convento de las madres Clarisas fueron donadas en 1609 por el séptimo conde de Lemos don Pedro Fernández de Castro y su esposa, doña Catalina de la Cerda y Sandoval. La pieza que reclama al instante nuestra atención es este Cristo yacente de Gregorio Hernández, pero todas las salas están repletas de pequeños tesoros. La reina doña Catalina, de carácter virtuoso, aprovechó sin desmayos su situación para hacerse con reliquias de mártires y santos custodiadas en valiosos recipientes, casullas brocadas con seda, oro y plata y una tenebrosa colección de objetos e imágenes religiosas. En aquellos tiempos de oscurantismo religioso vivían en Monforte familias enteras de judíos que encontraron en esta tierra hogar y cobijo cuando en el resto de España se les perseguía, y no hay que olvidar que ellos trajeron el cultivo de la seda y la industria textil que fabricó aquí preciados paños. Muchos de aquellos judíos no pudieron sobrevivir a la ira cristiana de este hombre. El cardenal Rodrigo de Castro, arzobispo de Sevilla, emparentado con la Casa de Lemos y fundador del edificio que más ha trascendido las fronteras monfortinas, quizás por su parentesco arquitectónico con el monasterio de Escorial, aunque al Colegio de Nuestra Señora de la Antigua le sobra personalidad propia. Los trazos herrerianos, la grandiosidad de sus dimensiones y todos los tesoros que alberga lo convierten en el punto clave de cualquier visita a Monforte. En el interior de su iglesia encontraremos un fantástico retablo con escenas de la vida de la virgen tallado en madera de nogal por Francisco de Moure. En realidad él solo tuvo tiempo de tallar las dos escenas de abajo, las otras cuatro son obra de su hijo y no consiguen igualar la profundidad del relieve de las del padre y tampoco algunos detalles tan curiosos y anacrónicos como este cardenal con gafas en un tiempo todavía ajeno a los anteojos y a las jerarquías religiosas. La iglesia también guarda este cristo que había sido hecho para El Escorial y después fue regalado por Felipe II al cardenal, y una copia de La Adoración de los Reyes de Hugo Van der Goes. El original está expuesta en el Kaiser Frederik y fue vendida en 1913 por un millón doscientas mil pesetas que permitieron finalizar las obras del colegio. En su día este solemne edificio fue germen de la universidad. Luego se convirtió en colegio regentado por los jesuitas hasta su expulsión y hoy los padres escolapios mantienen aquí las fuentes de la sabiduría en las que beben cientos de jóvenes estudiantes de primaria y secundaria. Pero lo que realmente nos ha traído hasta aquí es el tesoro que alberga la pinacoteca. Varias tablas de Andrea de Sarto comparten estancia con dos Grecos. Este San Lorenzo es uno de los escasos cuadros de devoción realizados por el pintor a su llegada a Toledo, allí lo adquirió don Rodrigo de Castro en sus tiempos de inquisidor. Más tarde le compró este San Francisco, que según los críticos es la imagen más original y castiza de cuantas pintó El Greco.


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