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Huellas del pasado

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Paraíso de la prehistoria

No somos los primeros en estremecernos ante la vista que contemplamos de la ría de Arousa, nuestros antepasados establecieron en el Monte Castro, precisamente sus castros.

 
Nosotros contemplamos despreocupadamente la vista y nos limitamos a disfrutar, pero antaño oteaban a la busca de invasores. Aquí establecieron el castro de Cidade, es decir el núcleo principal de población. Con la ayuda de un experto aún se pueden reconocer algunos restos del amurallamiento o de las plantas de las viviendas. Y si este era el castro habitable, los defensivos estaban situados en la costa, como el de Castro Baroña, o el de Couso. Se intuye aún algún resto de amurallamiento, y es muy llamativa la enorme cercanía al mar, tan sólo unos metros. Su situación ribereña promete un castro espectacular, pero las excavaciones son muy caras. De todos modos el ayuntamiento de Ribeira no renuncia a sacarlo a la luz. Les anima que esté situado dentro del terreno del parque natural de Corrubedo, lo que garantiza su vigilancia una vez excavado.
Ribeira es exactamente un diamante en bruto en cuanto a arqueología se refiere. Sobre todo porque la península del Barbanza de la que forma parte, está considerada como el paraíso de la prehistoria. Esto explica que uno de los parques más grandes del municipio esté decorado con reproducciones de restos de la zona. En el parque periurbano de San Roque están a escala todos los resto arqueológicos de la zona, algunos de ellos difíciles de contemplar en la actualidad. Este es el caso de la Pedra das Cabras, grabado rupestre de tipo faunístico, el más conocido del Barbanza. Pero no hay réplica que pueda captar la solemnidad del Dolmen de Axeitos. Este monumento funerario es conocido como el Partenón del arte megalítico, y también como la Pedra do Mouro. En tiempos fue una mámoa, ahora excavado, yergue toda su energía espiritual sobre ocho piedras que sostienen una laja de 4 metros y medio. Una vez contemplados estos restos ya resulta más pertinente contar que era la tribu celta de los Postmarcos la que ocupaba esta zona. En el terreno de las leyendas, se dice que en la Lagoa de Carregal había un asentamiento palafítico, es decir de viviendas sobre estacas típicas de las zonas pantanosas.
Avanzando en el tiempo pero sin abandonar la superstición llegamos a la ermita de San Alberto. No está claro si su origen es románico o prerrománico y poco queda de su forma original, pero su situación, como la de los castros, también es privilegiada. En la época de su construcción Ribeira fue invadida por normandos y vikingos, posteriormente por sarracenos y otomanos, y más tarde los piratas. De una época posterior a la ermita, pero también con un sentido espiritual, se erigieron diversos cruceiros como el de Deán, uno de los más antiguos de la zona, y al igual que el de Moldes, su estructura se semeja a los de Loreto, con una capilla decorada con una imagen. Cuando se construyeron estos cruceiros, comenzó por fin la recuperación de Ribeira como puerto pesquero, pasando por las fábricas de salazón hasta llegar a las actuales conserveras.


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