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Negra sombra sobre el mar gallego.

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Mientras la amenaza siga latente en el fondo del mar, nadie estará tranquilo.

Cuesta creer que ya haya pasado un mes y que todavía estemos, en la práctica, asistiendo al primer acto de esta tragedia.

 
Ni en los puertos, ni en las playas hay descanso. En las costas en las que aún no ha llegado el fuel continúan los trabajos para rescatar del mar lo que se pueda. Nuestros marineros agudizan el ingenio: en Baiona se construyó una red artesanal de 2.000 metros para frenar el avance de una mancha situada a 40 kilómetros de la costa. En Cambados se ideó una aspiradora y frente a las Cíes pudimos ver a uno de los barcos de Pescanova luchando por este mar que es de todos. Mientras, continúa la oleada de solidaridad con nuestro pueblo. Voluntarios, militares y civiles, llegan de todas partes del mundo, y muchos hasta han pedido días libres en sus trabajos. Las lonjas son comedores abiertos donde reponer fuerzas, pero tampoco se libran los salones de plenos de los ayuntamientos, donde se reparten los pucheros que preparan los vecinos.
Nuestra esperanza vuela en las alas de gaviotas, alcas y frailecillos. Fueron los primeros afectados por la marea negra del Prestige y ahora que ya están recuperados, esta semana se han reencontrado con la libertad en la bahía de Setúbal, en el Parque Natural da Arrábida, en Portugal, a salvo de las corrientes en las que viaja el fuel.


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