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Los pueblos Límicos

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Leyendas y vestigios encontrados en estas tierras nos hablan de una cultura muy antigua.

Los primeros en controlar el territorio de la Lagoa de Antela fueron los Límicos. Celtas o galaicos es una cuestión que les corresponde acordar a los historiadores.

 
La huella más notable del paso de los Límicos es un menhir de casi 3 metros de altura con el que marcaban el centro de la laguna. La llamaban Anta y cariñosamente Antela y de ese apelativo surgió el nombre de la laguna. Hoy se conoce como Pedra Alta porque era en efecto uno de los menhires más altos de Galicia. Pero en 1975 fue derribado por un tractor. Ahora lo que queda de él aparece colocado sobre un pedestal que nada le favorece y fuera de su contexto arqueológico, pero al menos sirve para recuperar el primer episodio de la historia de los pueblos Límicos. En el segundo capítulo aparecen los romanos. Su presencia se dejó sentir con fuerza en estas tierras. Al intentar cruzar el río Limia, dieron forma a la leyenda del río del Olvido. También fueron los artífices de la Vía Nova, la gran calzada construida entre Braga y Astorga y marcada con miliarios como los que todavía quedan en pie en Zadagós y Vilariño das Poldras.
Llegó el medioevo y las calzadas romanas se convirtieron en caminos a Santiago. La ruta que pasa por A Limia es la Vía de la Plata, una senda de peregrinación que ha rejuvenecido en los últimos años con la reconstrucción del viejo camino y la apertura de nuevos albergues. De la Edad Media nos quedan también puentes como el remozado en Faramontaos, pero, sobre todo, nos quedan los restos de las cuatro fortalezas defensivas que los señores del castillo de Monterrey levantaron alrededor de la Lagoa de Antela. La Torre do Castelo da Pena defendió A Limia de las constantes invasiones del rey Afonso Henríquez de Portugal, en una época en la que los portugueses no eran amigables vecinos como ahora sino temibles y eternos rivales. Idéntico papel desempeñaron las otras tres fortificaciones: Celme, Porqueira y Sandiás, de la que sólo queda una legendaria torre resquebrajada y campo libre para que nuestra imaginación recree la apasionante crónica de sus batallas. Fue testigo de las ansias de libertad de os Irmandiños, de la terrible venganza del Duque de Lancaster, de la ira sin límites del Conde de Camina y de la dominación de los señores de Maceda y Monterrey.
A la sombra de las garridas torres florecieron también bellas construcciones religiosas, sobre todo de estilo románico. La iglesia Vella comparte armónicamente elementos románicos y añadidos neoclásicos. En una reciente restauración se encontraron restos anteriores a la Edad Media que están siendo estudiados en el arqueológico de Ourense. Más al norte, está Trandeiras. Lejos del mundanal ruido, el convento franciscano del Buen Jesús fue construido por un grupo de devotos caballeros portugueses. Durante la revolución francesa sirvió de refugio a muchos sacerdotes y obispos escapados de Francia. Después de la desamortización de Mendizábal, como muchos otros monasterios de Galicia, Trandeiras fue víctima del aislamiento y la depredación.


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