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El entroido más ancestral

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Una fiesta llena de color y originalidad, expresión tradicional del culto a la alegría.

Con las doce campanadas del día 31 no sólo comienza un nuevo año, si no que es la señal que han estado esperando todo el año en Laza. Comienza su carnaval, que desborda totalmente el concepto de cualquier carnaval que hayan conocido.

 
Estamos en el viernes de carnaval, y el rito en nada se diferencia al que se pudiese celebrar aquí en Laza hace cientos de años. Las emociones más primitivas se apoderan del observador que tiene la certeza de asistir a un ritual único y ancestral. Limpios de la harina o ceniza del día anterior, el sábado es el día menos pagano y más lúdico, dedicado a una de la especialidades de nuestra tierra: comer bien. El domingo cámaras y periodistas de todo el mundo, además de multitud de turistas, esperan ansiosos la aparición de los “peliqueiros”. Son los guardianes de la fiesta, los reyes del carnaval. Sólo los de Laza pueden ser peliqueiros, y no pueden vestir el traje antes de este día. Es una obra de paciente artesanía pagada con 1.200 euros. La mayor recompensa es que hasta los de Verín vienen aquí a comprar su traje. Es duro y difícil ser peliqueiro, aunque sobre todo un orgullo. Las chocas pesan muchos kilos y hay que entrenar muchos días con ellos para resistir las largas jornadas del carnaval y darle el estilo apropiado. Si las mujeres resisten la dura prueba pueden vestir el traje, ponerse la máscara (otra obra artesanal), y la pilica con piel de zorro o de gato. La relación con el mundo animal está en cada detalle. Por ejemplo los lunes baja la morena desde el barro de Cimadevila. En Laza han de abstenerse los curiosos, o uno se introduce en este ambiente salvaje, ritual de abandono, o por su bien que no venga. Lo más suave que le puede ocurrir es el reproche del peliqueiro. Y es que, lo que hemos contado, es tan sólo una mínima parte de esta celebración. También está la farrapada, trapos manchados de barro y hormigas que llevan días sin comer que están rociadas con vinagre y son lanzadas de unos a otros. Pero es fácil participar porque los habitantes de Laza son generosos y hospitalarios y en estos días ofrecen comida en multitud de ocasiones. El testamento del burro, cierra la fiesta, nos despierta de este sueño ancestral y nos coloca de nuevo en el siglo XXI.


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