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Un Pueblo Nuevo

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De la sequía surge, en las colas de los embalses de Galicia, el paisaje del pasado.

Un pueblo que arrastra el recuerdo de lo que fue hace un siglo. Un río que en ocasiones muestra ese recuerdo a quienes se acercan hasta aquí.Estamos en Portomarín, y el río es el Miño.

 
El embalse de Belesar cambió el curso de esta villa en los años 60 del siglo pasado. Muchos se opusieron a abandonar sus casas, pero todos tuvieron que comenzar una nueva vida en el Monte de O Cristo.
Ahí se asentaría el nuevo Portomarín, el de las calles empedradas y los tejados de pizarra, al más puro estilo lucense. Un pueblo de construcciones en armonía. Pero sobre todo, un pueblo tradicional gallego, con piedra por todas partes.
Un encanto especial se respira por sus calles. La magia del pasado está presente por toda la villa.
Una magia que acompaña a la iglesia fortaleza de San Xoan, que se salvó de las aguas del Miño al ser trasladada piedra a piedra hasta donde se encuentra ahora. Contruida a finales del siglo XII y principios del XIII, pertenece al románico tardío.
Tenía bajo su control el puente que atravesaba el Miño y el cuidado del hospital de peregrinos, de ahí su aspecto de fortificación.
Además daba nombre también a uno de los dos barrios de Portomarín, divididos por el río Miño.
El otro barrio, San Pedro, también tenía una iglesia de la que presumir. Trasladada, como la de San Xoan, al monte de O Cristo, conserva su fachada primitiva, lo que le otorga un aire de leyenda.Del siglo X, también románica fue declarada, junto con la de San Xoan, monumento histórico artístico.
También es digno de ver el Palacio de Berbetoros, conocido como la casa del obispo por ser lugar de vacaciones de esta autoridad eclesiástica. Se trata de una réplica del antiguo aunque conserva detalles del original.
Lo mismo sucede con el pazo que hoy ocupa la casa consistorial y el del Conde da Maza, del siglo XVI.
Antiguamente, Portomarín tenía sus dos barrios unidos por un puente que atravesaba el Miño. Del siglo II, fue destruida por orden de Doña Urraca a principios del siglo XII. Más adelante se haría un puente medieval. Hoy en día el Miño permite que lo veamos en épocas de poca agua. Cuando se contruyó el embalse de Belesar hubo que encargar un tercer puente. Que hoy en día cruzan miles de peregrinos a lo largo del año.
Vestigios del ayer para una villa que vive rodeada, además de de agua dulce, de amplios espacios verdes.
Parques como el Manuel de Blas, el Antonio Sanz, o el popular campo de la feria lo convierten en una villa jardín.
Una villa que fue muerte y resurrección. Mientras los fantasmas del pasado emergen del agua otra realidad próxima que nos devuelve la hermosura de un pueblo hermoso, cuidado y acogedor, que resulta ser uno de los más emblemáticos del Camino Francés a Compostela.


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