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La huella romana.

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Lugo, una ciudad bimilenaria.

Con la romanización como telón de fondo hacemos un recorrido por Lugo monumental.

 
A orillas del río Miño cuentan que existió una piedra sagrada en la que los “Coporos”, los pueblos indígenas que antaño habitaban esta zona, adoraban al dios Luc, dios de la luz, dueño de todas las artes, escogido de las divinidades celtas. Luc burló el olvido de la historia dejando su nombre a esta ciudad. El bosque sagrado del culto druida se convirtió después en la Lucus Augusti romana. Paulo Fabio Máximo fue su fundador en el año 15 antes de Cristo y concibió la ciudad como un inexpugnable recinto amurallado que para mayor gloria llevaba en su nombre el sello del emperador Augusto. El adarbe vio crecer a esta ciudad que jugó un papel estratégico en las comunicaciones, relaciones comerciales y organización administrativa de los romanos. Esto explica que sea mucho más sólida que otras y que se encuentre en excelente estado de conservación después de 1800 años. Su mantenimiento a partir de ahora está garantizado: pequeñas obras, nuevos paneles y un plan director para avanzar en su conocimiento son algunas de las novedades que se han sucedido desde aquella madrugada del 30 de noviembre al 1 de diciembre del 2000 cuando la UNESCO la declaró por fin Patrimonio de la Humanidad. La muralla por sí sola bien merece este reconocimiento pero los méritos aumentan a medida que se recorre la ciudad que fue declarada conjunto histórico artístico hace ya más de 30 años.
Caminar por Lugo es pisar historia en un sentido estrictamente literal de la palabra. Cada vez que se levanta una piedra para iniciar alguna obra aparecen nuevos vestigios arqueológicos del mundo romano. Así se encontraron los restos de los baños termales y los mosaicos pertenecientes a casas de nobles y patricios, residentes en la milenaria Lucus Augusti. De momento se conservan en el museo provincial pero ya está en marcha el ambicioso proyecto que planea reunir todos estos hallazgos en un centro de interpretación de la cultura romana que pretende convertirse en un edificio emblemático de la ciudad como ha ocurrido con Guggenheim en Bilbao o con el de Mérida en Badajoz. La idea es que toda la ciudad se convierta en un museo con restos in situ y que sea referencia obligada en el próximo xacobeo 2004. Será una inversión de más de 4 millones de euros destinados a consolidar un flujo turístico similar al de otras ciudades con recursos patrimoniales del mismo nivel como Salamanca o Ávila.
Tras esta inmersión cultural en el museo provincial volvemos a pisar los adoquines bajo los que fueron encontrados estos restos. Paseamos por el casco histórico intentando descubrir la estructura que tendría la ciudad en la época romana. Por ejemplo en la plaza Mayor estaba el anfiteatro y en la calle doctor Castro el templo de Diana. Aunque Roma sea por derecho propio el hilo conductor de cualquier visita a Lugo, esta ciudad ofrece a los amantes del turismo cultural monumentos y curiosidades de todas las épocas. Entrando por la puerta de Santiago se desemboca directamente en una de sus joyas. Una hermosa basílica se levantó sobre la primitiva iglesia de Santa María que mandara construir el obispo Odoario en el siglo XII y no se terminó hasta el XVIII, de modo que la catedral de Lugo, como muchos monumentos religiosos de occidente, es un variado muestrario de estilos arquitectónicos desde el románico hasta el neoclásico. Dentro, la fabulosa capilla de la Virgen de los Ojos Grandes es todo un símbolo para el pueblo lucense y una hermosísima muestra del barroco gallego, obra de Casas y Novoa, el mismo arquitecto que proyectó la fachada del Obradoiro en Compostela. Francisco de Moure se encargó del espléndido coro renacentista y Cornelius de Holanda talló con buena mano los altorrelieves que se encuentran en los extremos del crucero. Algunas de estas escenas son ya piezas del museo diocesano instalado en el triforio de la catedral, donde entre otros muchos tesoros, tendremos el privilegio de conocer la primera huella del cristianismo en Galicia.


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